Reforma laboral

Reforma laboral son tan solo dos palabras que, según quienes las pronuncien o en qué conversación aparezcan, tienen un significado bien diferente, hasta el punto de referirse a cuestiones completamente distintas y en algunos casos contrapuestas.

Es el nombre de una ley confeccionada por políticos más preocupados de su propia imagen y carrera política que de concebir leyes que hagan la vida mejor, de forma rápida y evidente, a la mayoría de una población por la que han sido elegidos y para la cual trabajan. En este caso, como en una gran parte de las leyes que se discuten en el Parlamento, se trata de un nombre sonoro con el que enmascarar pequeñas variaciones del ordenamiento laboral vigente que sustancialmente afectarán a muy pocos trabajadores, sobre todo de los estratos más desfavorecidos y peor tratados laboralmente, que verán modificados sus contratos de trabajo de forma más bien testimonial, ya que, en lo sustancial, los emolumentos que perciben y el trato que reciben apenas variarán. Se trata más bien de un gesto propagandístico que nace y muere en su misma enunciación, y que no impedirá que, una vez aprobada, dicha ley se demore y difumine en la maraña de una profusa jurisprudencia que controlan y dominan los profesionales -tal que perros tan ladradores como mordedores- a sueldo de las clases dominantes, quienes en un gesto de condescendencia, casi de caridad, facilitaron que políticos sin política se apuntaran, cara a la galería, un gesto propagandístico de sonoro pero escaso recorrido. Quienes políticamente se oponen a esta raquítica reforma laboral no merecen ser tenidos en cuenta.

Sin embargo y al margen de lo dicho, lo único realmente válido es que quien no está en la mesa donde se negocia todo aquello susceptible de ser negociable no tiene nada que hacer, y si fuera honesto tampoco que decir, porque, como todos sabemos, las palabras no bastan, nunca fueron suficiente porque vivimos y nos alimentamos de hechos.

Las dos palabras del título también son el motivo o la excusa para el discurso, casi siempre pesimista, de una intelectualidad, digamos, de izquierdas. El intelectual de derechas simplemente no existe, se trata de un oxímoron, porque este personaje no deja de ser la versión laica de una curia beligerante defensora a ultranza de un dogma esotérico y mendaz que ellos consideran casi sagrado. Cualquier discurso que no tenga como objetivo principal la igualdad económica y social entre hombres y mujeres e insista en el mantenimiento del statu quo y los privilegios y la desigualdad vigentes no deja de ser un dogma de fe que únicamente apoyarán quienes fueron favorecidos por nacimiento con una posición dominante, además de sus numerosos siervos y sicarios a sueldo. La única intelectualidad que puede decirse tal habrá de ser de izquierdas, la misma que, sin embargo y en el hecho que me ocupa, renegará de la citada reforma laboral que aparece en los medios de comunicación porque no deja de ser la misma que hasta ahora estaba en vigor, edulcorada con unas modificaciones mínimas con un coste también mínimo para la clases pudientes; suficiente para denostarla por su parte, y con razón.

Pero ocurre que esta intelectualidad poco más puede hacer por mejorar las condiciones de quienes dice hablar y defender, tanto laborales como del resto de circunstancias que asedian a los sujetos que ocupan o motivan sus textos, hipótesis y disquisiciones. Se trata más bien de otra élite que, con poca o nula capacidad de acción y siempre con retraso, intenta denunciar situaciones de hecho siempre injustas pero sin poder hacer nada por evitarlas, en parte porque sus hipotéticos afines, lectores o seguidores, es decir, el sujeto práctico de sus escritos, desconoce, no sabe ni puede acceder a ellos -o tampoco quiere. Dedicarse a vivir y las dificultades o penurias que ello conlleva no deja tiempo para mucho más, tampoco para interesarse y comprender teorías, planes y consignas de unos supuestos benefactores que aseguran ver mejor que ellos sus problemas, pero desde su atalaya, en ocasiones a años luz del terreno de trabajo. Esta élite intelectual de izquierdas, o progresista, como les gusta decirse, se ha habituado a teorizar y discutir entre sí sobre otros por los que nada puede hacer, aparte de hablar y proponer con más o menos brillantez; lo que provoca una especie de endogamia intelectual de recorrido exclusivamente académico con principio y fin en sí misma, desgraciadamente con poco o nada que hacer respecto a la cruda realidad humana que cada día se desarrolla bajo la luz del sol.

El tercer elemento es precisamente la parte de la población para la que, según todos, ha sido hecha esta reforma laboral, o felizmente conquistada; una parte de la población que jamás leerá el propio documento para saber qué es lo que exactamente dice y cómo le afecta -ni mucho menos fiarse de quienes la venden con grandes titulares que esconden más que dicen. Este último grupo, como dije más arriba, bastante tiene con vivir e intentar salir adelante con un mínimo de dignidad y sin pagar un peaje muy oneroso por ello. Esta ley no les sacará de su miseria, tampoco les hará más felices, únicamente un poco menos desgraciados. Es su sino, son la población real de la que todos gustan hablar pero entre la que nadie quiere estar, ni pertenecer, tampoco sus mismos integrantes, ansiosos por hacer lo imposible por levantar el vuelo y salir de ella.

Estos tres ejemplos, vulgares y corrientes, son tres de los numerosos nichos, o estamentos, o clases, o mundos distintos que contiene y admite una sociedad como la nuestra, unidos en este caso por un concepto en principio común, reforma laboral. Mundos, sin embargo, que viven solapados entre sí o a costa unos de otros y que pese a utilizar las mismas palabras no usan el mismo lenguaje, ni tienen la misma concepción de la vida, ni la sufren de igual modo, como tampoco la viven. La misma simulación de siempre dando cobertura a la idea de que este conglomerado de nichos separados funciona y constituye lo que suele decirse una sociedad global, o una democracia… Mientras que los integrantes de estos mundos parciales, así como los de tantos otros como caben entre nosotros, no desciendan a la misma arena y acuerden un lenguaje común que hable de cosas comunes e iguales, con significados y valores reales e idénticos en todos ellos, seguiremos ocupando y hablando de relatos distintos, permanentemente enfrentados y en el fondo despreocupados o inoperantes a la hora de perpetuar la explotación milenaria de unos pocos sobre la gran mayoría de los habitantes del planeta.

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