Lugar de paso o motivo de visita, en más de una ocasión por pura curiosidad; mirar la gente como el que toma el pulso a la ciudad. Y una vez allí demorarse en la fauna que ocupa o transita la zona. Los que pasean, ociosos o también con algo entre ceja y ceja, o los que aguardan, punto de cita que probablemente no tiene pérdida. Quienes cruzan a toda prisa en pos de una hora ineludible que los lleva a todo tren, los que, como uno mismo, se solazan en el lugar y su tránsito, sobre todo si el día invita. Los inevitables turistas, vendedores, fuerzas de seguridad, hombres anuncio, músicos ambulantes, alguna que otra concentración reivindicativa que no da para manifestación y el escaso tráfico del transporte público que apenas impide el azaroso e imprevisible movimiento de los peatones. Me refiero a Madrid y su zona central, esa plaza y calles que suelen aparecer en televisión y los residentes aborrecen, y a la que jamás acuden porque siempre está llena de turistas y curiosos, también porque casi siempre hay jaleo, allí puede suceder de todo y por ese sur no se les ha perdido nada.
Era sábado y tocaba cruzar la zona, tanto a la ida como a la vuelta, siempre caminado, lo prefiero porque me gusta caminar y me parece mucho más interesante, amén de divertido; nunca falta qué observar, viejo o nuevo, y es raro el día que no encuentro algo que llevarme en la memoria. En principio era un sábado de otoño completamente normal, ni víspera, ni puente, ni fiesta, quizás esa normalidad que tanto hemos echado de menos durante los meses de confinamiento, que parece de vuelta y a la que todavía no nos acabamos de acostumbrar. Y la curiosidad o sorpresa de este sábado en particular no era que hubiera mucha gente o la misma de siempre, sino que una gran mayoría de la gente eran jóvenes, me atrevería a afirmar que sin llegar a los treinta y muchos, los mayores. No me refiero a grupos de jóvenes aislados en sábado, por la mañana o por la tarde, sino que miraras donde mirases solo distinguías rostros jóvenes. Probablemente hubiera gente de otras edades, como yo o mayores, pero en un primer vistazo resultaba difícil distinguirlos, sobre todo tras el impacto y sorpresa de esa primera impresión, ese algo que sin llegar a ser raro es percibido como distinto, no como de costumbre, tampoco extraño, que adviertes de pronto y entonces preguntas a tus acompañantes: ¿Os habéis fijado, parece que solo hubiera gente joven? Y tras la advertencia y una ojeada común no nos queda más remedio que asentir en la misma impresión; es como si la población más joven se hubiera echado a la calle al unísono, por pura necesidad, mientras que los de más edad, o mayores, aguardaran entre recelosos y desconfiados tampoco saben qué porque en principio no hay nada de lo que preocuparse exceptuando las prevenciones que uno se aplica a sí mismo.
No se trataba de una auténtica invasión, o sí, pero la impresión era como si una mayoritaria representación de los grupos más jóvenes de población, en parte por necesidades biológicas y en parte por esa pura insolencia consustancial con la edad, hubiera decidido que ya está bien, basta de cautelas, este es su tiempo y necesitan vivirlo como si fuera único, lo que, bien visto, no les quita la razón.