Repitiéndome

En casi todos los medios de comunicación, serios y menos, también en los más cínicos, conservadores y reaccionarios, se viene cociendo una especie de solidaridad o estado de alarma por el difícil presente y futuro de las mujeres afganas, ahora que los anacrónicos talibanes se han vuelto a hacer con el poder en el país. Una situación que en principio puede significar para las mujeres la vuelta a unos mandamientos, tanto políticos como sociales, que las volverían a arrojar a una humillante existencia en la más completa oscuridad; si tomamos como referencia el anterior y nefasto paso de estos tipos de aspecto siniestro por el poder.

Pero eso sucede en Afganistán, que no es aquí mismo, por lo que nuestra perspectiva nos permite observar más o menos tranquilos y relativamente a salvo el mal de otras; eso no pasa por aquí porque nosotros estamos de vuelta, no hay más que ver nuestra moderna sociedad. ¿Seguro? Escribe la periodista norteamericana, Lynsey Addario, en un artículo reciente cómo, perdido el poder, el pensamiento reaccionario talibán fue diluyéndose en las capas más profundas de la sociedad afgana, agarrado a costumbres y tradiciones que, tan inalterables como indestructibles, se encargarían de minar en el futuro cualquier intento de progreso y justicia de género y/o social.

Esa parte me interesa más, no quiero decir con ello que lo que está sucediendo en Afganistán no sea preocupante, probablemente sabemos poco porque las noticias llegan sesgadas o directamente no llegan, pero por aquí no estamos tan a salvo como creemos -solo hay que ver el auge de una extrema derecha, igualmente apoyada en costumbres y tradiciones tan hueras como anacrónicas, instalándose entre la parte más simple y reaccionaria de la población, sin inconvenientes de género o edad. No descubro nada nuevo si afirmo que por aquí sigue predominando un pensamiento patriarcal y paternalista al que no solemos dar importancia porque, como hemos crecido con él, no le concedemos otra influencia que la de unas pocas e insustanciales costumbres; pero jamás desaparece, todo lo contrario, persiste, trata de influir y condiciona todo proyecto de mejora social, o directamente lo impide.

Todos conocemos a hombres, más de los que imaginamos, que amparados en una mendaz cultura de la tolerancia todavía cultivan y subrepticiamente intentan imponer una serie de posicionamientos, nunca dirían prejuicios, a los que solemos responder con un ridículo encogerse de hombros y una estúpida sonrisa porque en el fondo nos gusta creer que no son importantes, aquí y hoy no, pero nos equivocamos. Les ofrecemos la mano en señal de comprensión y tolerancia pero ellos jamás la aceptan con sinceridad porque en el fondo no pueden ni saben hacer otra cosa, asumir críticas y admitir cambios les dejarían completamente desnudos; son esa gran mayoría de hombres con un complejo de inferioridad insuperable que les hace cautos y recelosos -o desesperadamente violentos-, supuestamente comprensivos pero en el fondo distantes, también secretamente beligerantes, evitando controversias o indiferentes y en el fondo totalmente contrarios a un cambio o modificación de valores que consideran de partida intolerable; sus leyes/tradiciones son sagradas -al igual que sucede con los talibanes.

Ellos están en el lugar que les corresponde por designio divino, esta es su sociedad y sus costumbres, a las que les gusta llamar naturales -habría que dedicar algunas letras aparte al calificativo ‘natural’ y las improntas de obligado e inevitable que implica, casi sagrado. Todavía existe por aquí un venerable machismo con base y tradición religiosa que se pretende y finge tolerante pero que, si de él dependiera, arrojaría a nuestras propias mujeres al mismo baúl en el que lo hacen los talibanes -eso sí, con profusión de luces, glamur, ropa interior atractiva y bocas pintadas pero cerradas. Repito que no hablo de formas, sino de fondo. Curioseen en costumbres y tradiciones, da igual el lugar, y comprueben qué papel ocupan las mujeres en todas ellas; que prefieren sonreír, encogerse de hombros y no darle importancia, de acuerdo, pero sin darse cuenta habrán vuelto a perder otra batalla.

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