Llevaba tiempo dándole vueltas a estas letras pero sucedía que cuando me ponía a la tarea encontraba otras cosas que en ese momento consideraba más importantes, así que las iba dejando a un lado pero no olvidando puesto que esa mala prensa que ya no sabe dónde buscar para rellenar tanto hueco que deja la propia incompetencia -a este respecto me parece que se escapan muy pocos- no cesaba de situarlos en primera página con patético servilismo, simple falta de profesionalidad o el más absoluto vacío a la hora de completar y mostrar al público una noticia mínimamente decente. Aunque he de reconocer que mis quejas no tienen dónde caer porque hoy la mayoría de lo que se dice información, así como lo que se pretende como tal y no deja de ser un batiburrillo de zafiedad y analfabetismo gritón y maleducado, se dedica a lamer el suelo por donde pisan una serie de vulgares y sonrientes machitos, ya entrados en años, que curiosamente coinciden en que están podridos de dinero, un dinero sobre el que nadie pregunta -¡ni se le ocurra!-, porque sería algo así como deslustrar las primeras páginas de tanto noticiario vendiendo una especie de capitalismo de ganadores con trampa, porque sepa que ni usted ni yo lo somos, ni lo seremos jamás, nuestra menesterosa existencia se limita a envidiar y babear permanentemente por quienes sí han triunfado; siempre según los cánones establecidos, es lo que hay.
Estos Bezos, Branson y Musk se han convertido en los relucientes faros que iluminan a una humanidad embarrada en cuestiones tan prosaicas como su propia subsistencia o la del planeta que le da cobijo. Con su constante aparición en cualquier medio de comunicación pretenden decirnos que no cesemos en nuestro esfuerzo de perdedores normales y corrientes, que la verdad existe y se llama éxito, y qué mejores ejemplos queremos. Por todo ello es tan necesario como obligado pregonar a los cuatro vientos la incesante actividad de unos tipos que, ociosos y nunca hartos de ganar dinero -o piratearlo, pero que nadie ose preguntar o cuestionar el origen de sus respectivas bolsas, repito- no tienen más remedio que gastarlo de forma tan ociosa como sus propias vidas. Como avanzadilla destacada de una brillante humanidad con tan resplandeciente futuro, ahora también aeroespacial, su única preocupación es el aumento de su corte de aduladores y envidiosos, que no cesan de proporcionarles más y más dinero, arrastrándose tras sus proezas al tiempo que se automaldicen por su descarada y endémica incompetencia a la hora de alcanzar y tocar el tan preciado éxito.
No hay más mucho más, tal vez porque esos tipos no se lo merecen, sería darles un bombo que no necesitan, y menos por mi parte, sucio y miserable mortal. Lo que debo hacer es sacrificarme, trabajar diez veces más y empezar a ahorrar, en esta y las otras vidas que seguramente vendrán -también vale invertir en bitcoin-, para en algún momento reunir el dinero suficiente para darme el placer de un paseo espacial como dios manda. Mientras tanto ajo y agua.