Su nueva acompañante había tenido que ausentarse en dirección al servicio, definitivamente le gustaba, era una buena hora y le apetecía otra copa, así que buscó a la camarera con la mirada.
Pidió lo mismo y se entretuvo observando a un par de parejas de mediana edad consumiendo cubatas básicos, ellos, ellas refrescos sin azúcar ni alcohol, con pinta de maestros o profesores de secundaria, dedicación que sus integrantes suelen llevar marcada a fuego en la frente; los mismos gestos y coletillas a la hora de expresarse, idéntica forma de vestir -daba igual el lugar donde tropezaras con ellos-, con o sin niños, siempre pequeños, y esa especie de autocomplacencia por la pugna laboral al fin ganada que impregna todo lo que hacen, una especie de felicidad más bien simple, pero es lo que hay. Uno de los varones gestualizaba con manos y brazos completamente embebido en la música que estaba sonando, probablemente transportado a sus felices años de facultad, ese nostálgico comienzo de su ascenso al indefinible mundo de la intrascendencia.
Regresaba su compañera con una sonrisa de oreja a oreja y unos pequeños retoques en el rostro que en la semioscuridad del local la embellecían aún más. Sonrió. ─ ¿Has pedido otra? ─ Me apetecía, ¿quieres tú? ─ Vale. Y apuró de un trago lo que le quedaba. Él giró la cabeza buscando a la camarera.
En el mismo momento en el que los críos regresaban de la calle a toda pastilla, gritando y persiguiéndose entre las mesas, tal que estuvieran en un parque infantil en lugar de en un local de copas. Los papás -las parejas de funcionarios que había estado observando- felices y cómodos en sus pequeños poderes, no les hicieron ni caso, disfrutaban de su bien merecido ocio. No pudo evitar mirar de mal modo al capullo que con cara de bobo y los ojos cerrados seguía ensimismado en la música, los otros tres hablaban, bueno, hablaba él, ellas hacían como que escuchaban.
Los chavales siguieron a lo suyo a todo lo largo y ancho del local. Más les valía a sus padres cogerlos y largarse a un parque para que corrieran a gusto en vez de enclaustrarlos en un ambiente y una oscuridad que ni necesitan ni permite lo que ellos quieren; pensó. Jamás entendió ese desprecio, entre ignorante y cateto, por parte de quienes imponen al resto sus penosas limitaciones, gente a la que le cuesta entender que en cualquier establecimiento para adultos o donde se consuma alcohol, como sucede en muchos lugares fuera de este país, debería estar prohibido el acceso a los niños. Pero estos tipos se creen importantes, felices a su modo, y no entienden de respeto ni educación, más bien propensos a formas y comportamientos de nuevos ricos que cofunden la esquina del barrio con el centro del mundo.
Estos probablemente salían más bien poco, la hipoteca todavía reciente, e interpretaban que está bien desintoxicarse de vez en cuando y confraternizar con colegas para seguir hablando del trabajo, como adultos, y con ello descansar un poco de los hijos, cedidos sin consultar a la paciencia de los demás. Pero siguen sin entender que los chavales, los menos culpables, son su responsabilidad y un bar de copas no es Disneyland París, donde miles de adultos trabajan para que otros adultos se comporten y disfruten como críos mientras hacen creer a sus propios hijos que lo hacen por ellos; esa especie de reino de la inmadurez donde quienes más tienen que perder son precisamente los niños.
La camarera, que había vuelto con la copa para ella, tuvo que evitar a los chavales que habían hecho de su mesa un obstáculo que rodear y con el que protegerse en sus persecuciones. Uno de ellos, agarrado con las dos manos al respaldo de su silla gritaba y reía desafiando a sus perseguidores. La camarera los miró y siguió a lo suyo, sin decirles una palabra, los padres tampoco. Se removió inquieto y trató de girarse para advertir al niño, para lo que tuvo que extender una pierna con la que desgraciadamente tropezó la criatura en su rápida e inesperada huida. El niño saltó hacia adelante y fue a dar brutalmente con la boca en una de las sillas libres de la mesa de al lado, que a su vez se desplazó más de un metro hasta caer al suelo.
Sucedió tan rápido y fue tal la impresión que apenas hubo tiempo de ordenar reacciones o movimientos envueltos en una música que de pronto sonaba ensordecedora, tapando los gritos y el desesperado llanto del crío; algunos de sus dientes por el suelo y la sangre ocultándole parte de la cara y una boca difícil de adivinar tras el tremendo golpe. Fueron varios los clientes, él entre ellos, junto con la camarera, que tropezaron entre sí intentando atender a un niño que, con las manos extendidas, suplicaba ayuda sin parar de gritar y dolerse. El padre seguía abducido por los sonidos de sus años mozos, la madre, desaparecida; aquello no llegaba a dantesco pero sí hasta ese punto en el que alguien normal suele perder los papeles.