La entrevista

A pesar de las ventanas cerradas seguían oyéndose las voces y gritos de los empleados en la calle -vestigios de otros tiempos-; eran pocos pero escandalosos, el resto aguardaba amedrentado en sus casas a que la situación se resolviera milagrosamente, como si no fuera con ellos. Ya no es como antes, viven acojonados, pensó sentado en su cómodo sillón, estos pollos con poca agua se pelan. Sin sindicatos ni organizaciones que los unan están muertos; hay que ser muy estúpido para no darse cuenta de cuál es tu posición.

La suya, sin embargo, estaba clara, meridiana, pretendía hacer subir, uno a uno, a los que realmente le interesaban, a los que podían hacerle más rico con su talento y trabajo, y eso simplemente era cuestión de dinero, de enseñarles la zanahoria para que abandonaran al resto; todos tenemos un precio. Hasta ahora le había funcionado, pero quedaba la pieza más cotizada, con un inconveniente, él lo sabía. Lo que no acababa de entender es cómo no dejaba a los demás, cómo todavía intentaba adherirse a una solidaridad laboral en horas bajas. Su empecinamiento probablemente solo podía ser fruto de su educación, de esas que ya no quedan, una familia con una idea clara del lugar que cada cual ocupa en este mundo y qué posibilidades de futuro puedes labrarte. Aunque en el fondo todos son iguales, el dinero aplaca voluntades, sobre todo las más necesitadas.

Se abrió la puerta y apareció un joven saludando con su cara de todos los días, sin mostrar ninguna alteración o nerviosismo. ¡Maldita educación! rumió para sí. Mejor dejarse de gilipolleces y cortesías e ir directamente al grano, hay cosas que no necesitan de tanto respeto y diplomacia. Y miró el sobre en la mesa, donde pudiera ser fácilmente visto, al alcance de la mano, admitido como uno de los posibles finales de aquella reunión, para él el único, no estaba dispuesto a ceder en la parte común; aunque podría avenirse a razones sin necesidad de tanta parafernalia. Tenía prisa, le aguardaban otros asuntos y no estaba dispuesto a desperdiciar el tiempo con un honrado legalista que además se creía indispensable; como si esta gente pudiera hacer algo por su propia voluntad, ingenuos arrogantes que piensan que su paso por este mundo sirve para algo más que para seguir la corriente.

Miró el reloj sin disimulo, haciendo un gesto que pretendía ser de fastidio cuando estuvo seguro de que el otro lo miraba mientras ocupaba una silla frente a él. ─ Dígame.

─ Tú mismo, sabes lo que voy a decirte, no me hagas repetírtelo. Tú no tienes nada que ver con los de ahí abajo.

─ Yo creo que sí, son mis compañeros. Trabajamos para usted.

─ Ya, pero las cosas van a cambiar y no los necesito a todos.

─ ¿Tan mal van?

─ No es una cuestión de mejor o peor, sino de cambiar, un cambio que no es negociable y para el que no todos me sirven.

─ Despídanos e indemnícenos.

─ No digas tonterías, la ley me permite otras opciones mucho más ventajosas y menos onerosas para mí. Yo solo las utilizo.

─ Le denunciaremos.

─ Perderéis porque no tengo prisa. A ver como aguantáis un proceso judicial que probablemente va a ser largo; además, no te he llamado para eso sino para decirte que tú no tienes por qué unirte al resto, puedes elegir… -y lanzó una ojeada al sobre encima de la mesa.

─ ¿Puedo? -dijo señalando el sobre y haciendo ademán de cogerlo.

─ Claro.

Una vez en sus manos levantó la solapa y miró el interior calculando la cantidad que contenía. ─ Quiero diez veces más.

Sorprendido por la respuesta los ojos se le abrieron como platos. ─ Tú estás tonto. Soy tu jefe no una ONG.

─ Ya, pero usted sabe tan bien como yo que sin mi participación el futuro no pinta tan brillante, ni tan estupendo. Solo quiero lo que creo que me corresponde, por dejar a mis compañeros en la estacada y porque usted me necesita más a mí que yo a usted.

El golpe en su orgullo le dolió, aquello se pasaba de castaño oscuro. Aquel engreído se creía con el derecho a despreciarlo, a tomarlo como segundo plato y encima soltárselo a la cara. De eso nada.

Adivinando el golpe y lo que en aquellos momentos pasaba por la cabeza del que hasta entonces era su jefe, hizo ademán de levantarse para marcharse. ─Usted mismo…

─ Tu eres gilipollas, ¿qué te has creído? Que vas a hablarme y tratarme de ese modo… como si fuera un pringado como los de abajo…

─ En el fondo sí, son todos iguales. Ellos quieren su trabajo y su dinero y usted más dinero a costa de su trabajo y su dinero. Yo ahora actúo por mi cuenta. Ellos son de los míos, aunque probablemente más de uno me dejaría tirado por una cuarta parte de lo que hay en ese sobre, pero ese no es mi problema. Hasta ahora estábamos juntos, sabe tan bien como yo que lo de abajo no va a durar; al final cada cual regresará a su casa con el rabo entre las piernas, maldiciendo su mala suerte, la puta vida y no sé cuántas cosas más. Siempre tarde, como si la cosa no fuera ni dependiera de ellos, allá cada cual. Pero ese no es mi caso, me educaron algo mejor; es perfectamente compatible mejorar y hacerte valer con no dejar tirados a tus compañeros, porque luego, cuando toca decidir ante circunstancias adversas, siempre es bueno tener un as bajo la manga. Si nos despide sabe que el juicio lo perderá, es cierto que más tarde que pronto; pero no conseguirá su brillante negocio, con lo que perderá aún más, bueno… no ganará; y yo podré irme donde me dé la gana porque a estas alturas conozco el negocio tanto como usted… es más, ya es tarde, haga lo que quiera con nosotros. Buenos días… Y se fue cerrando la puerta despacio.

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