Casualidades

Tenía los zapatos manchados de aquella mierda de barro, o lo que fuera; joder con el fotógrafo, ya podría hacer los montajes en el estudio, no hacía falta que fuera tan auténtico; así nos clavará luego. Alzó la vista hacia las nubes y respiró tranquila, bueno, al menos parece que no lloverá. Una claridad esperanzadora dejaba una mañana apacible que la gente aprovechaba para estirar las piernas o, como en su caso, obtener instantáneas originales que enmarcaran esos días inolvidables que nunca tienen fin; papeles para unos recuerdos de los que luego se acaba renegando porque entonces no te enterabas de qué iba la cosa y porque ahora, pasados los años, se ve más que ridículo; igual que antes. Una bonanza primaveral que hacía la zona de las lagunas más concurrida que de costumbre, transitada por paseantes ataviados de todas las formas posibles, yendo y viniendo en parejas o en pequeños grupos que debían detenerse o dispersarse para dar paso a los amantes de la bicicleta, tipos concienzudos disfrazados de colorines pedaleando de allá para acá cumpliendo un horario lo suficientemente apretado como para sentirse deportivamente realizados. Cosas de estos tiempos.

Los niños, a unos metros de la madre y nada preocupados por la integridad de su atuendo, iban a lo suyo compartiendo unas bolsas de chuches que no les cabían en las manos, estaban de fiesta, de ahí la abundancia de lo que en un día normal suele ser un no detrás de otro. Mamá, incansable, repasaba ahora los bajos del floreado mono desmangado por si algún salpicazo de ese barro -¿o era cieno?- estropeaba un conjunto que nadie más que ella sabía admirar, porque su marido, igual de ido que siempre, estaba más por seguir con la vista a las paseantes que, a lo suyo, desfilaban por su lado, algunas saludando, por aquello de la educación, y otras, más embebidas en la tarea, sin hacer ni puñetero caso, concentradas en su particular tole tole, como si estuvieran saldando una cuenta pendiente. No, ninguna de las flores multicolores aparecía manchada, había tenido suerte, verificó a continuación sus espléndidas curvas con la mirada, tan personales que no necesitaban saber ni admitían espejos, y se relamió de gusto cerrando la revista satisfecha, estaba perfecta.

Míralo, ni caso, más pendiente de las otras que de su propia mujer, qué más le da mancharse o que le salpique, no sé ni cómo me preocupo; la próxima vez se va a vestir solo, a ver qué se pone, con esa tripa cervecera que parece que está preñado. Y esos pantalones tan estrechos, con ese tipo… ─ Buenos días… Interrumpía su reflexión respondiendo a un par de educados ciclistas que pasaban a su lado repartiendo cortesía. Qué culos más bien puestos, se dijo, no como éste que parece una tabla. Resopló resignada y regresó a su niña posando encaramada en el centro de la pasarela que daba acceso al punto de observación de aves locales, tan guapa como aburrida. Definitivamente ese color le gustaba, no era ni blanco ni gris ni marrón, un tono raro que le había convencido de inmediato, su niña no iría como el resto.

Solo faltaba que el tipo bajito de las fotos hiciera bien su trabajo, aunque viendo el despliegue de material que ponía en juego… pero también es verdad que esta gente monta el tenderete para aparentar y hacerte creer que son unos profesionales y luego hacen lo que les da la gana, ¡como tú no tienes ni idea! Mucho trípode, mucho foco, mucha cámara… ¡Laurita, amor! ¡Estate quieta! Laurita, resignada al fastidio de la pose, agitaba en ese momento un brazo intentando alejar algún insecto que empezaba a molestarle, algo por otra parte bastante común en zonas de agua estancada. Pero Laurita no hacía caso, el profesional de la cámara trabajaba como podía sin llegar a reconvenirla y, para colmo, el más que inoportuno insecto, sintiéndose probablemente amenazado y sin venir a cuento, optaba por dejar su aguijón incrustado en la tierna piel de la criatura; hecho más que desgraciado que tenía como consecuencia inmediata la desgarradora irrupción en la placidez de la mañana de un doloroso grito que espantaba a todo bicho viviente en muchos metros a la redonda. Una enérgica exclamación a la que siguió un sorprendente salto hacia un lado que llevó su cabecita contra uno de los travesaños que formaban la baranda de la pasarela, seguido del consiguiente traspiés que acabó con la infortunada víctima en el fondo de la laguna; un escaso medio metro que pareció más a juzgar por la altura y distancia que alcanzó el agua y el posterior revuelo que organizó. De tal modo que antes de que los respectivos pudieran reaccionar un par de ciclistas, abandonadas de cualquier modo sus máquinas, ya estaban salpicando en dirección a la niña, casi antes de oír el desesperado grito; samaritanos a los que se sumaban, con igual celeridad, un matrimonio mayor que pasaba en ese preciso momento junto al grupo. Como fue cuestión de segundos el tiempo que la criatura tardó en ser rodeada e izada fuera del escaso medio metro de agua, tan empapada como manchada de un barro que dejaba el pomposo vestido de comunión tal que una bayeta con la que se hubiera limpiado el suelo más mancillado.

Todo acompañado de un revoltijo de sonidos avícolas, gritos, exclamaciones, gestos más que estridentes, llantos, llamadas a la calma, preguntas estúpidas, advertencias, avisos urgentes, curiosos, acusaciones, evidencias, brazos y manos pendientes del cuerpo de Laurita de nuevo sobre la rampa en un estado más que lamentable, con el agravante de que faltaba un zapato que debería estar flotando o directamente enterrado en el fango. Y de remate comenzaba a llover.

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