Placeres

Tumbada en el sofá tocaba no preocuparse por qué hacer, dormir, dejarse llevar o directamente aburrirse hasta que se le ocurriera algo provechoso, cualquier cosa sensatamente atribuible a una mujer adulta en sus cabales, aunque, por otra parte, las ganas de no hacer nada, ni siquiera dormir, prevalecían ajenas tanto al interés como a la intención. Se movió buscando una mejor posición cuando su vista tropezó con su jersey, en el mismo lugar donde lo olvidó. ¡Uf! tendría que devolvérselo y no le apetecía, pero si lo dejaba ahí la puerta seguiría abierta y no tenía ganas de volver a verlo, con una vez había sido suficiente.

Lanzó un cojín sobre la prenda olvidada con intención de ocultarla y solo lo consiguió a medias. ¡Bah! alargó el brazo y sacó del cajón su osito, lo miró con placer y comprobó que la batería estaba cargada; él nunca le fallaba, siempre dispuesto y a estas alturas sin necesidad de enseñarle ni rezar para que acertara, ni casi dirigirlo, o apartarlo porque su torpeza amenazara con convertir lo que debería ser placentero en un progresivo nerviosismo que lo mismo acababa en hartazgo como se convertía en pura violencia por flagrante incompetencia. Su osito siempre sabía qué hacer, si es que podía afirmarse algo parecido de esa pequeña y sonriente mascota que nunca le defraudaba, estuviera de mejor o peor humor, necesitada de descanso o con ganas de batalla; en más de una ocasión había preferido la comodidad de lo que funciona a la incertidumbre de un encuentro, ese aventurado ojalá esta vez tenga suerte. Los hombres son lo que son, cada cual con sus limitaciones, salidos en exceso, engreídos sin tacto ni delicadeza, pura brutalidad y torpeza, o todo lo contrario, tan tímidos e inexpertos que en más de una ocasión daba pereza llevarles de la mano. También los había normales, pero llega un momento en el que no sabes qué es normal tratándose de sexo, qué prima o de qué depende. Aunque si desconoces el terreno no te metas, es así de sencillo, los experimentos mejor dejarlos para casa, en el sexo, da igual si ocasional o más en serio -¿qué quería decir con en serio?-, no puedes andar a ver qué sale porque puede ser que el resultado sea tan malo que no halla otra vez debido al vergonzoso fracaso de la primera y única. Y aquello de aprender a conocerse como que no, había que invertir tiempo y una no siempre anda con ganas para averiguaciones, como tampoco había caído subyugada por el hombre de sus sueños, al que le perdonas todo, de momento no, y las expectativas o su falta ni le atraían ni le preocupaban, lo que hay es lo que hay, y en más de una ocasión no lo arreglas ni con ganas ni con imaginación, mucho montón y un exceso de babas, y tiempo perdido.

Envolvió con las manos su querido osito y lo besó, lo miró con detenimiento mientras pensaba que también podía hacerse mayor, o cambiar de aspecto, de tamaño y forma, incluso multiplicarse, a voluntad, eran opciones completamente válidas que de pronto se abrían interminables… podía relamerse de gusto con solo pensarlo. Se le había pasado el sueño y darle vueltas al sexo la había alterado para bien, así que no había por qué demorarse, la ocasión pintaba excelente, volvió a comprobar su funcionamiento y abrió las piernas despacio, lista para disfrutar, tanto como estuviera dispuesta… hasta el infinito y más allá.

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