Había pasado tantos días asomado a la ventana como último recurso, sometido por unos grises que sumían el corazón más resuelto en una tristeza de la que costaba recuperarse, que el primer día en el que las precauciones sanitarias aflojaron se echó a la calle buscando a partes iguales luz y gente, otros a los que mirar bajo un sol que poco a poco iba arañando minutos a las sombras. Esa mañana no tuvo necesidad de asomarse previamente porque nada más levantarse supo que afuera resplandecía un día ideal, al fin, la oportunidad para abandonarse a un sol de invierno que ya olía primavera; más adelante habría tiempo de quejarse de su luz abrasadora, ahora no, ahora se trataba de pura necesidad, mucho más que el astro que da vida a la tierra y sus pobladores, la luz que alimenta a espíritus necesitados de tanto calor como amor.
Una vez en la calle se puso a caminar hacia cualquier lado, no importaba, como tampoco hubo elección previa cuando se decidió por la primera mesa vacía con la que tropezó del primer bar por el que pasó, el único requisito era que estuviera al sol, sin sombra de edificio próximo ni parasol de urgencia con el que evitar los sofocos de última hora. Se sentó y aguardó a que el camarero le atendiera, tampoco tenía prisa, podía estarse allí toda la mañana, y toda la tarde, hasta que el sol se pusiera y llegara la rutina de las obligaciones, que hoy también podían esperar. No tuvo que aguardar mucho porque una sonriente muchacha le sorprendió por detrás, saludándole mientras daba un bayetazo rápido a la mesa; lo siguiente fue qué le apetecía tomar. Un vino blanco, respondió sin pensárselo dos veces, algo lento y fresco que le compensara por los largos días de espera.
Justo al lado de la terraza en la que se hallaba sentado un grupo de jóvenes, probablemente de algún centro de enseñanza cercano en hora de recreo, charlaban en voz alta mientras daban cuenta de aperitivos y lo que parecía comida rápida o precocinada empaquetada en bolsas chillonas. Sin dejar de observarlos se puso a pensar que ya nadie comía bocadillos, ¿eran de otra época? ¿quién le prepara a un chaval un buen bocadillo que zamparse a media mañana? Mejor darle dinero y que él mismo se busque la vida, tampoco se trata de que haga el ridículo entre sus amigos y compañeros masticando un bocadillo antiguo que huele a madre de otro siglo.
En sus tiempos de instituto el bocadillo era algo casi sagrado, pero eso era antes, probablemente hoy quedaban pocas cosas que pudieran considerarse sagradas, y el bocadillo no iba a ser una de ellas cuando otras mucho más importantes habían pasado a mejor vida. Preguntarles a aquellos chavales por lo sagrado, al margen de supersticiones disfrazadas de tradiciones familiares o pseudoreligiosas o adquiridas sin juicio, sería como hablarles en chino; no sé, sería lo primero que dirían, lo único que podrían considerar sagrado serían sus propias vidas y el tiempo del que disponían para disfrutar y divertirse, una realidad tangible y al margen de los futuros a los que pudieran aspirar o que les tocaran en suerte en función de esa “ley de vida” que inventaron quienes hacen las leyes. Vivir, disfrutar y después ver qué queda, qué dejan unos adultos permanentemente irritados que malviven como si fueran la última generación sobre el planeta.
Gritaban, reían y hablaban en tono desafiante, con la arrogancia propia de sus años, sin preocuparse por dejar caer las bosas al suelo a medida que se iban vaciando, ya vendrían los barrenderos para dejar aquello limpio para el día siguiente; y así sucesivamente.
Que lo aprovechen, ahora que pueden, en unos años tendrán que buscarse la vida escarbando en la miseria, a dos o tres les lavarán el cerebro convenciéndoles para encadenarse a un trabajo que los irá exprimiendo poco a poco hasta dejarlos resecos, los demás se dedicarán a vegetar gorroneando a papá y mamá o no tendrán otra opción que dejarse explotar por jefes que nunca tienen suficiente. Era la camarera, quien puntualizaba sus pensamientos al mismo tiempo que dejaba sobre la mesa una brillante copa de vino blanco junto con un pequeño cuenco con aceitunas. Es lo que hay, divertirse hasta que te echen, o se te agoten las oportunidades; se acabaron las certezas de otros tiempos, tampoco los estudios sirven ni son ciertos porque valen bien poco, depende del dinero que tengas, el resto es mentira, cinco años machacándote los sesos y malviviendo para acabar limpiando mesas catorce horas al día, no hay más.
Ahora si le vio bien la cara, algo mayor que los chavales pero no mucho más, lo suficiente para intuir lo que pensaba aquel cliente mientras los miraba y saber de lo que estaba hablando. Prosiguió. Aquellas verdades de carne y hueso de mis padres o mis abuelos han desaparecido, ¡puf! da igual quién o por qué, cero, ni siquiera existe un vuelta a empezar porque no hay punto o lugar desde donde empezar, ya no, y si les pregunta por el futuro le dirán que a la mierda el futuro. No dijo más porque no era necesario, aquella joven sabía tanto o más que él del funcionamiento de una cabecita bien colocada, aunque, por otra parte, fuera prisionera de unas necesidades tan básicas como vergonzosas de comentar. Tampoco cabían preguntas, hay realidades que caen por su propio peso y cualquier intento por explicarlas o justificarlas, pero sin la voluntad ni el valor para eliminarlas, solo es otra muestra más de un reputado y miserable cinismo. Es criminal no asumir de partida lo que se ha hecho mal y reconocer que no puedes pedir, y mucho menos exigir, a quienes han de sortear un camino lleno de trampas y obstáculos que tú mismo te has encargado de crear y colocar.
Le dio las gracias y la siguió alejándose hacia otra mesa al sol, un sol que de pronto picaba.