Normalidad

Esta especie de tránsito anodino que venimos padeciendo, este prolongado periodo de días grises en los que hasta al sol le cuesta sacar la cabeza de entre las nubes, esta espera inane justificada con pinzas y difícilmente explicada si no es a costa de una aquiescencia general fruto de la desconfianza, el temor y el cansancio a partes iguales, se parece a una pesada losa que poco a poco fuera deslizándose sobre nuestras cabezas amenazándonos con sellar nuestra voluntad, por lo que recuperar la normalidad, y qué normalidad, se antoja una tarea complicada. Rehecha por cada hijo de vecino la tarea de vivir como si nada sucediera, o al menos intentado, a sabiendas de que esa otra normalidad jamás puede ser consistente o tener aspecto de cierta, día tras día en pie con más empeño que convencimiento, o resultados, mirar hacia adelante cuesta lo indecible, incluso si con anterioridad nos hemos provisto de lo necesario para apuntalar nuestra perspectiva situando hitos y plazos a los que agarrarnos, felicitándonos por lo conseguido y sintiéndonos con ello medianamente útiles.

Se nota cuando sales a la calle, buscando algo más que aire y compañía, y deambulas sin un rumbo fijo porque no hay lugar al que ir, ni se te ocurre, está cerrado o ya no existe; o llegas a la puerta y no apetece porque, sin venir a cuento, te preguntas para qué. O si eres de los que se marcan objetivos para justificar tus movimientos, rápidos, precisos y con un porqué tan estrecho y concreto como tranquilizador, sales dispuesto a cumplir el camino fijado de antemano, solucionas la salida en un plis plas y regresas de inmediato convencido de que lo has vuelto a hacer, te sientes en posesión de tu tiempo y las circunstancias no dejan de ser eso, circunstancias que no te condicionan, a ti no. Los recursos son infinitos, todos válidos si logran que el sujeto en cuestión conserve la razón en su sitio, crea que aún puede sobreponerse a la realidad que nos domina y sigue siendo dueño de sus pasos, ¡bravo!

Todo lo demás finge permanecer igual, el fútbol sigue funcionando, los estadios vacíos ya no nos extrañan, el relleno digital de las gradas cumple su papel -no vamos a ser delicados- y el ruido ambiente de fondo que acompaña a las imágenes se asemeja al de un campo con espectadores. Los programas de entretenimiento son igual de escandalosos y huecos y aburren tanto como antes, todo normal; las series, tan abundantes y de moda, no dejan de repetir una y otra vez los mismos cuatro guiones que ya tenemos grabados a fuego en nuestro subconsciente, buscando picar en esos placeres más básicos y primitivos que tienen que ver con nuestra más elemental fisiología mientras dejan a un lado la razón, lo que es un éxito para los diseñadores de un repetido hasta la saciedad engrudo reflejo/emocional dirigido al animal antes que a la persona, sin pasar por el cerebro, como debe ser.

La política también continua por donde acostumbra, la misma incompetencia y corrupción -¡qué mejor signo de normalidad!-, idéntica indiferencia y desprecio por parte de nuestros representantes hacia la población, las mismas mentiras o medias verdades de siempre y un mayor muestrario de la endémica y siempre sospechada falta de honradez de los muchos cargos y empleos públicos que vegetan y se enriquecen a costa del dinero de todos; hasta la iglesia ha perdido el norte moral por parte de algunos de sus representantes. ¿Qué nos va a quedar?

El caso es que probablemente nuestro cerebro no sigue bien, en el fondo no dejamos de sospecharlo y quizás es pronto para advertirlo, y si esto dura no sería nada raro que acabáramos tan tocados que nos fuera imposible volver hacia atrás, aunque quizás no mereciera la pena, pero no seríamos capaces de establecer una mínima comparación, un antes y después que nos permitiera recapitular y resumir en un balance ilustrativo de en qué y cómo vamos a cambiar, o hemos cambiado, de eso sí que no hay ninguna duda.

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