En este país hay cosas que parecen suceder porque no queda más remedio, ni siquiera por azar, sin que nadie sepa o le preocupe, no hay razón cuerda que en ocasiones entienda el proceder de sus gentes, sin que a primera vista pueda adivinarse una conducta mínimamente consecuente, lo que quiera que piensen o sea que rige u ordena sus comportamientos, tanto individuales como colectivos; flota en el ambiente un inextricable porque sí que lo mismo te quiere como te desprecia. Por ejemplo, el Estado está ahí para mandar y vigilarnos como para saltárnoslo a la torera, para obligarnos en contra de nuestro chulesco desinterés y endémica pereza como también para solucionarnos todos los problemas y, llegado el caso, proporcionarnos una subvención o un subsidio al que tenemos un inalienable derecho no escrito y que nada tiene que ver con nuestro comportamiento cívico; disponemos de barrenderos que se preocupan de recoger la mierda que tiramos al suelo porque de ese modo justificamos su puesto de trabajo. Tocan fiestas e independientemente de la situación que padecemos prima el derecho a divertirse, ya habrá tiempo, allá por febrero, de lamentarse por los inevitables muertos -esos, que siempre son de otros-, porque las hipotéticas consecuencias de lo que hagamos hoy nada tienen que ver conmigo y mi derecho a la jarana. Quizás por eso, desde ya, adultos de todo jaez atiborran bares y locales de copas cuando es de requerimiento público, y en última instancia obligado, mostrar prudencia debido a la actual situación, en algunos casos mostrándose pasados de copas a las tempranas diez de la noche de un sábado cualquiera -porque a las doce toca estar en casa- atizados por una incontenible perentoriedad que no deja opciones ni a la cordura ni a la razón. Luego, esos mismos se extrañarán y renegarán cuando toque hacer de padres supuestamente responsables de tanto joven adocenado apretujándose en botellones a los que la pandemia ha arrojado al limbo de lo indescifrable, tal y como surgieron y suele suceder por aquí.
Siempre es el Estado el que gusta tocar las narices más de lo que debiera, como en el caso de la aprobación en el Congreso de una ley de educación que solo provoca daños y perjuicios porque va en contra de la libertad, una libertad que por aquí suele ser sinónimo de mis santos atributos; y como eso son palabras mayores toca echarse a la calle como zombis disfrazados de lazos y bocinas y sin tener ni idea de lo escrito, no importa. Pero en este caso las cosas son más fáciles de entender y nada tienen de imprevisibles, ni interviene el azar o porque sí, la supuesta ofensa es contra una iglesia católica nacional habituada a amenazar y gritar contra todo lo que huela a pérdida de privilegios. La misma iglesia de siempre, esa cuasi secta criminal que adoctrina tanto como engaña parasitando unas supersticiones locales dirigidas por unos hechiceros que suelen permanecer a resguardo, escondiendo la mano pero comiendo y viviendo de esa otra mano a la que acusan y muerden por intermediación de unos fieles que siguen sin saber pensar al margen de la santa zanahoria, una feligresía que exhibe una extraña mezcolanza de privilegios, servilismo e ignorancia que nada tienen que ver con la religión y si con un fundamentalismo tan retrógrado e intransigente como arcaico. Otro noviembre más.