Papistas

Cuando el día de las elecciones el actual presidente de Estados Unidos, Sr. Trump, apareció en público para denunciar el supuesto fraude en los resultados electorales propiciado por los demócratas, los canales televisivos mayoritarios decidieron al unísono interrumpir la emisión en directo para que un comentarista de la cadena justificara ese hecho extraordinario, en esos momentos no existía ningún indicio de que tal fraude fuera cierto, sino que aquello más bien parecía una denuncia sin pruebas por parte del perdedor intentando justificar su frustración y enfado por lo que los resultados electorales mostraban entonces. El hecho era más que importante, posiblemente la primera ocasión en la que una aparición del presidente de la nación más poderosa del mundo era interrumpida por decisión de los medios, que de ese modo tomaban parte como ciudadanos de lo que hasta ese momento casi todo el mundo entendía como una pataleta de un tipo habituado a salirse con la suya, incluido mentir con la intención de crear confusión para beneficiarse. Viene a ser lo mismo que los negacionistas de la actual pandemia, tipos que sin pruebas de ningún tipo deciden manifestarse en contra en función de intuiciones personales o novelescas confabulaciones de dudosa credibilidad, como si no dispusiéramos de argumentos y datos suficientes para explicar una realidad más que corriente.

Está claro que un medio de comunicación ha de limitarse a informar permitiendo que cada lector o espectador saque sus propias conclusiones a partir de lo que ve, lee o escucha. Tal vez por eso hubo algunos tipos que en varios medios españoles denunciaron tal actuación como un modo de censura que en una democracia no debería existir, con ello se estaba actuando como en una dictadura; y en principio no les faltaba razón.

La razón, y el peligro, de la democracia reside en que cada cual puede decir lo que piense o le parezca sin que nadie se lo impida, el resto de los ciudadanos son los que en última instancia tienen la palabra, pero ¿y si quien proclama falsedades sin fundamento a la vez controla la mayoría de los resortes del poder, además de algunos medios de información, ahogando las voces contrarias y con razones para desenmascarar sus tretas? ¿Quién debería decir basta? ¡las cosas no son de ese modo! ¿Por qué los propietarios o trabajadores de los medios no pueden actuar como lo que también son, ciudadanos como el resto, y defender el sistema de quien valiéndose de su posición preponderante pretende crear confusión y sospecha para salirse con la suya?

Es cierto que la situación creaba un precedente peligroso, justificando en cierto modo actitudes futuras similares respecto de personas y proyectos que poco o nada tuvieran que ver con aquello. Pero si estamos de acuerdo en las obligaciones de una cadena informativa, limitarse a informar de forma veraz, también hemos de admitir que las personas que dirigen y trabajan en los medios son ciudadanos como cualquier otro, con voz y voto en todo lo referente a la convivencia y participación en cuestiones políticas y sociales. Estas personas se mueven en ocasiones en el filo de lo permisible, su trabajo es ofrecer un marco en el que cada cual exponga su opinión, pero como ciudadanos también tienen unos derechos y obligaciones, entre estas impedir que otro u otros intenten desprestigiar o destruir los mecanismos políticos o sociales con los que esa sociedad, su propia sociedad, se autogobierna.

Hay situaciones que, siendo iguales en apariencia, nada tienen que ver unas con otras, puede haber circunstancias específicas que las hacen diferentes, y en algunos casos únicas, luego los estándares habituales deberían aplicarse de forma distinta o permanecer en suspenso; por ejemplo, no puede tratarse del mismo modo el robo de una barra de pan por parte de quien no tiene para comer que un robo de millones por parte de un tipo que aprovechándose de su posición decide apropiarse con cualquier artimaña económica de lo que no es suyo. En ambos casos estamos de acuerdo de que se trata de un robo, pero cualquier juez con sentido común tendría en cuenta que las circunstancias de uno y otro son tan dispares que sus baremos, no olvidando en ningún momento que hablamos de lo que comúnmente se trata de robar, han de ser distintos a la hora de juzgarlos y condenarlos, porque de lo contrario la justicia no sería justa.

Por eso creo que en el caso norteamericano hay circunstancias importantes que pueden ser tomadas como atenuantes; sí, se pone un práctica un acto de censura más propio de dictaduras e impensable en cualquier sistema democrático, pero también es cierto que el presidente perdedor cuestionaba el sistema sin ninguna prueba sobre la mesa, probablemente movido por la ira y el fracaso de la derrota, inventando confusión y dudas sobre un método electoral que, como ciudadanos, también afectaba a los trabajadores del medio televisivo.

Llega un momento en el que un ciudadano no puede actuar como si fuera un extraño, como si se tratara de un extraterrestre observando las idas y venidas de la especie humana, sin mover un dedo porque ello significaría condicionar el medio, algo así como lo que un naturalista pone en práctica cuando estudia la vida animal, la no intervención en un mundo que le es ajeno. Pero los trabajadores de las cadenas televisivas no son naturalistas, aunque lo intenten con su trabajo, también son elementos integrantes y participativos de la sociedad que, en este caso, el perdedor cuestiona por pura soberbia y desprecio hacia los demás, que aceptan de buen grado las reglas que ellos mismos se han dado para gobernarse.

Por eso creo que estos papistas con tribuna en los medios de comunicación, sin pretender quitarles la razón, deberían pensárselo dos veces antes de situarse por encima del resto denunciando desde la pureza de su torre de marfil esas “malas actuaciones”, porque los demás también lo saben, pero si no hacemos nada ante gente de esta calaña, deberíamos asumir la posibilidad de que a estos disidentes libres no les importaría destruir lo que hemos construido entre todos, por el solo hecho de no conseguir lo que quieren; eso sí sería abrir la puerta a una dictadura. La democracia se construye entre todos, también por parte de la prensa, y hay ocasiones en las que el periodista, además de actuar como periodista, también ha de hacerlo como ciudadano y evaluar qué perdería si en aras de la pureza e imparcialidad de la información permitiera que desaprensivos insolidarios de cualquier calibre destruyeran una sociedad que también es su propia casa.

Esta entrada fue publicada en Sociedad. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario