Era una reunión familiar en el límite de lo permitido -aclaración obligada debido a los tiempos que corren-, otra celebración de aniversario convertida en algo más que una costumbre, un rito familiar, aposentándose año tras año, en el que se renuevan y consolidan unos saludables lazos personales que tienen tanto que ver con la zona como con sus gentes, probablemente causa, por otra parte, de algún repunte de contagios que ha empeorado la crisis sanitaria que seguimos padeciendo.
Hecha la salvedad voy a centrarme en lo que me interesa. Como en toda reunión familiar suelen mezclarse edades y formas de pensar que, según el día, pueden salir a relucir y dar ocasión a conversaciones o discusiones siempre interesantes, sobre todo porque entre humanos es mejor hablar e intercambiar pareceres que asistir como borregos a un indiferente e indiscriminado consumo de viandas y bebidas que en algunos casos suele desembocar en excesos y salidas de tono que, al menos y en ocasiones, sacan a relucir cuestiones pendientes que se han ido guardando y ensuciándose porque no había valor para ponerlas sobre la mesa. Pero alguna que otra vez salta la rana y sin saber por qué se acaba, no sé si conversando o discutiendo, a partir de opiniones y puntos de vista completamente opuestos, y eso siempre está bien. En este caso la parte más joven de la mesa se sentía ofendida, casi como un ultraje, porque con motivo de la situación sanitaria que estamos atravesando les prohibieran reunirse por la noche, dando con ello a entender que eran los únicos culpables; cuestión más que discutible o completamente inútil, sobre todo cuando había gente en tantos sitios -según la redes sociales- que se pasaban las prohibiciones por el arco del triunfo y además se jactaban de ello con videos y fotos que cualquiera podía ver. Oyéndolos, a veces daba la impresión de que, independientemente de las prohibiciones, la cuestión era o todos o ninguno, por lo que quedaba en el ambiente la sensación de que sí pero no, vale pero se ponen los medios para que cumpla todo dios, más vigilancia y multas a todo aquel que se salte las normas -con lo que volvíamos a nuestro querido palo.
La sección de mayor edad de la mesa escuchaba sus razones de forma condescendiente y sin palabras, o justificando unas medidas que consideraban justas porque los jóvenes están habituados a hacer lo que les da la gana, sobre todo en lo referente al consumo de alcohol. Se elevaban los tonos y se acusaba siempre a los demás esgrimiendo la confiscación de derechos -siempre derechos- como una medida abusiva; no era justo que unos jóvenes tuvieran que pagar por todos cuando en algunos lugares, o muchos, otros hacían con toda impunidad lo que les venía en gana, repetían. Los padres veían bien cualquier argumento que controlara el potencial desbarajuste que significan los hijos y sus ganas de vivir y los hijos se sentían maltratados en sus libertades fundamentales. Y así sucesivamente, en tono cada vez más alto y con las emociones a flor de piel.
Así, llega un momento en el que, si eres capaz de salirte de la conversación, adviertes que no hay ninguna conversación, sino una exhibición general de deseos y opiniones muy personales tomadas como supuestos derechos chocando unas contra otras, sin escucharse, un cacao de exigencias y voluntades que puede prolongarse indefinidamente sin llegar a nada en común; y me atrevería a decir que, si alguien fuera capaz de establecer una pausa y concretar las opiniones de ambos lados, sería posible hacerlas coincidir en una serie de puntos básicos en los que todos estarían de acuerdo, ¿entonces?
Esa es una de las evidencias más claras, la otra es que nadie de los presentes hablaba de convivencia, de obligaciones y responsabilidades, de una vida en común que nos identifica como especie y en la que unos parecen salir mejor parados que otros -siempre según el punto de vista propio-; en la que unos dan -también desinteresadamente- y otros reciben, en la que existen débitos y compensaciones, y necesaria cooperación. En la que los deseos personales son solo eso, deseos personales infinitos obligados a congeniar de la mano de una razón social que, de ser justa e inteligentemente llevada, solo traería beneficios para todos, a la corta y a la larga; pero…