Niños y educación

Ningún animal permite que sus cachorros dejen de aprender, también jugando, con vistas a un futuro de adultos en el que habrán de valerse por sí mismos, aquel que no aproveche juegos y enseñanzas para adiestrarse simplemente morirá, ya vendrán otros después; no hay más, es tanto una cuestión de supervivencia como de cooperación.

En cambio, los cachorros humanos, a pesar de ser los recién nacidos más inútiles, los que menos probabilidades tienen de sobrevivir por sí solos, son tratados en las sociedades occidentales por sus propios adultos como si fueran individuos completos e independientes. El porqué de este persistente error, de tal pérdida de perspectivas respecto a lo que significa el desarrollo individual, traería cola, pero sería una discusión adulterada, plagada de frustraciones, temores, prejuicios e intereses no siempre honestos en los que los supuestos perjudicados, los propios niños, deberían permanecer al margen. La infancia, como la pubertad y la adolescencia, son etapas de desarrollo y aprendizaje en la especie humana, y sus representantes tienen una opinión parcial e incompleta del mundo que les rodea, tanto en lo que respecta a sí mismos como a su lugar en las sociedades en las que crecen, por ello sus opiniones no deberían tener el mismo valor que las de un adulto ni ser tratados como individuos autónomos e independientes -cuando hablo de adultos me refiero a individuos intelectualmente maduros, en plena posesión de sus facultades y movidos por intereses estricta y antropológicamente humanos.

La cuestión es en qué momento estos sujetos en desarrollo pasaron a ser considerados como uno más a la hora de valorar y tomar en cuenta sus opiniones, necesidades, deseos y caprichos; cuándo, cómo y en función de qué objetivos se decidió hacer iguales a niños y adultos, además de juzgar como mundos simultáneos y equivalentes los de unos y otros, obviando que en el caso de los menores se trata de un mundo en formación basado en el aprendizaje y, como tal, siempre subsidiario, tanto a nivel de potestad como a nivel de opiniones. Así como qué intereses han existido a la hora de concebir y poner en práctica tales cambios, si se trataba de liberadores sueños de redención, de proyectos paridos por iluminados, tipos frustrados o abruptamente expulsados de la infancia o, lo que es peor, de maquinaciones fríamente calculadas por torticeros intereses económicos. Lo que siempre debió ser una hipotética, indefinida e indefinible potencialidad en constante renovación mediante un aprendizaje continuado hasta la edad adulta pasó a convertirse en una serie de autonomías reales sujetas a derecho.

Es más que probable que un amargo poso de infancias difíciles, en bastantes casos por motivos que poco o nada tienen que ver con el capítulo específico de la madurez humana, haya posibilitado un subconsciente colectivo condescendiente hacia los propios cachorros que ha permitido que se convirtieran en reyezuelos egoístas que en muchos casos crecerán incapaces de asumir por sí mismos los inconvenientes y beneficios de una madurez tan complicada como inevitable, adultos renuentes a las responsabilidades y el compromiso todavía abducidos por paraísos en los que derechos es sinónimo de caprichos. Nuevas generaciones que llegan a su hipotética madurez sin haberse desprendido de la propia infancia.

Se confunden infancia con libertad y educación con represión, y el resultado son unos jóvenes insolentes y soberbios que reniegan del mundo o directamente se autoexpulsan. El primer derecho de los niños, muy por encima de cualquier otro, es el derecho a aprender; asegurados unos mínimos de salud y bienestar es el único interés que, respecto a sus vástagos, debería guiar a los adultos, el resto puede esperar.

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