La verdad está ahí fuera

Afortunadamente el tiempo pasa haciendo que los hechos luzcan por sí solos, sin necesidad de explicaciones ni justificaciones expertas o interesadas, es lo que hay, lo que tenemos, que viene a ser lo que somos. Meses después de comenzada esta epidemia mundial, dicen, no es que sigamos donde al principio, aunque en ocasiones parece que sí. Superadas las primeras dudas e incertidumbres que provocaron las condiciones especiales de marzo, abril y mayo la calma posterior fue breve, o quizás nunca llegó a instalarse por completo, probablemente porque nunca hemos sabido a qué nos enfrentábamos, no teníamos referentes, salvo alguna que otra novela o película distópicas. Sin embargo, hasta entonces nos creíamos a salvo de situaciones tan calamitosas como nada predecibles, lo único que sabíamos predecir era la economía, pero también sin garantías, tampoco importaba, puesto que se trata de los siempre oscuros negocios en manos de trileros y gurús de pacotilla adoradores de los expolios bursátiles. También era obvio que, digeridos los temores iniciales y una vez a salvo de la primera criba, el personal intentaría volver a las andadas, a una normalidad ya completamente imposible; daba igual que el desconocimiento fuera el mismo y no desapareciera la imprevisión, los fallos de cualquier incómoda o aleatoria precaución recaerían automáticamente en los demás.

Ha pasado el tiempo y la improvisación sigue siendo la moneda corriente, no hay planes -salvo la siempre socorrida providencia-, nadie sabe, ni puede ni quiere porque seguimos sin disponer de elementos con los que enfrentarnos directamente al problema, en ningún sitio. Permanece el inevitable presente, el sol de cada día, las hermosas mañanas, el nosotros y ellos, el salgo o no salgo, el no sé, el miedo más irracional y la arrogancia más estúpida, pero seguimos sin saber cómo. No se trata de parapetarse desconfiados en los propios temores ni, de pronto, asumir como bandera la insolencia y el nulo temor de la juventud en su plena posesión de la vida, del mundo, sobre el que tienen tanto derecho como el que más y sobre el que probablemente no hemos sabido enseñarles a entender y respetar. Queda una algarabía de voces, sentencias, amenazas, recomendaciones, advertencias y primeras páginas sensacionalistas de periódicos que impiden ver el bosque; imposible dialogar, imposible entenderse, planificar u organizar una mínima estadística básica común que pueda servir como línea de salida. Nada, salvo una catarata de imprecisiones e incompetencia política que sumar a un sálvese quien pueda general en el que pescan a sus anchas tahúres de los negocios, nefastos gobernantes que quizás nunca fueron buenas personas, especuladores a la baja e inversores de futuros a resguardo en sus correspondientes bunkers suspirando porque esto se extienda y caigamos como moscas, ganadores de nada.

Lo último que deberíamos permitir sería confundir la oscuridad de nuestra caverna con la responsabilidad, aceptar vivir mezquinamente enjaulados en nuestros propios temores odiando y acusando al resto del mundo de moverse sin control o porque sí, en las antípodas de los negacionistas, esos nuevos terraplanistas que creen a pie juntillas que esto de la pandemia es una maquinación de astutas fuerzas ocultas que pretenden dominar el mundo. Como tampoco se trata de cerrar a cal y canto todo lo que huela a común o compartido para que no se extienda ni agrave el problema, la solución no consiste en dar portazo al negocio para no tener complicaciones ni pérdidas. Ni negocios ni problemas, ni personas en las calles, todos acobardados y muertos de asco en nuestros domicilios, solo entonces estos mismos gobernantes que siguen pasmados en la casilla de salida, tan lerdos como incompetentes e incapaces de ponerse de acuerdo en cuestiones fundamentales, sí podrían decir que han solucionado este feo asunto.

Seguimos sin una previsión inteligente respecto de un nuevo futuro que tendremos que normalizar más pronto que tarde, y no deberíamos dejar que sucediera con los brazos caídos o acusándonos unos a otros de no contribuir lo suficiente para lograr una solución, porque el miedo no es la solución, con miedo mejor no vivir.

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