La ocurrencia no fue entonces, cuando me crucé con aquel tipo que portaba una mascarilla negra, u oscura -estaba anocheciendo-, que aparentaba una especie de hocico perruno propio bajo la sombra de los ojos, ha sido ahora, al pasar junto a una señora siguiendo a un perro que cubría su hocico con un bozal, cuando he caído en la similitud. Porque en el fondo viene a ser lo mismo, a un perro se le pone el bozal para evitar agresiones a otros perros o personas, y últimamente a las personas también, llevan bozal para que no agredan respiratoriamente a sus semejantes; luego la mascarilla puede interpretarse en estas circunstancias como una especie de bozal humano para protegernos unos de los otros.
Y si en ese momento confundí la mascarilla con una parte de la anatomía humana, de aquí a no mucho dejaremos de extrañarlas, si no lo hacemos ya, convertidas en una parte más de nuestra constitución sobre la que ya empiezan a imponerse las originalidades, rarezas y caprichos de sus portadores.
Pero mientras los perros no pueden objetar nada a los bozales -sus dueños se los colocan por el motivo que fuere-, en lo que se refiere a los humanos las cosas no funcionan de igual modo; sin embargo, eliminadas con rapidez las dudas y posibles objeciones, hemos vuelto a dar muestras de nuestra diligente docilidad, así como de nuestra rápida adaptabilidad. Las mascarillas, independientemente de su opcionalidad y/o voluntariedad, conllevan una gran variedad de expectativas y posibilidades; las hay que responden a un mínimo exigible, prácticas y utilitarias, correctamente colocadas para la protección privada y pública, asumidas con voluntaria resignación porque en una mayoría de lugares son obligatorias y no llevarlas puede acarrear la correspondiente sanción; como están las que se han convertido en una parte más, bien visible, del acicalamiento diario, transformadas en toda una muestra de carácter y/o personalidad. Porque, bien vista, una mascarilla también puede ser bonita, elegante o de diseño moderno, incluso atrevida o provocativa, tal y como le apetezca al portador, a tono con sus propósitos e incluso útil a la hora de jugar con la secreta intención de evitar mostrarse a rostro descubierto, incorporando un plus de recato, misterio o coquetería que puede resultar atractivo; otra forma de adornar el rostro, con su ocultamiento y la emocionante duda de su previsible o sorprendente belleza, o todo lo contrario. La sugestiva incertidumbre del hallazgo de un rostro que quizás a la vista pasaría desapercibido y sin llamar la atención. Un cabello decente, unos ojos medianamente atractivos, o normales, y una mascarilla adecuada significan para nuestra presencia un plus de interés que, de otro modo, a rostro descubierto, tal vez no poseeríamos, haciendo que nos diluyéramos entre una multitud prácticamente idéntica en lo anodino; un punto de coquetería que adereza nuestra imagen personal y, hasta que pueda incorporarse al material genético de los recién nacidos, es decir, hasta que nazcamos con ella como nacemos con apéndice nasal, puede servirnos para sumar a nuestras aburridas vidas un sinfín de posibilidades
En fin, que la selección del objeto no es baladí, vista la mascarilla vista la procedencia, la tendencia política, la clase social, los gustos y qué vida gastas, por dónde te desenvuelves y los misterioso o asequible que has decidido mostrarte. Tal ocultamiento, en este caso parcial, ya lo vienen sufriendo las mujeres musulmanas desde hace tiempo, en la mayoría de los casos por opresiva obligación y en otros, los menos, por un exclusivista y elegante distanciamiento que tiene más que ver con una secreta y lujosa vanidad que prefiere ocultarse a un vulgo al que se considera nada preparado o despreciable a la hora de apreciar belleza tan íntima como exquisita, solo apta para los elegidos, quienes podrán disfrutar de tan magnífica perfección y de los inimaginables placeres que atesora y promete.