El momento llegaría tarde o temprano, no es que lo estuviera buscando, aunque casi; ya me pude hacer una idea cuando, por motivos de trabajo, tuve que desplazarme a otras localidades, unas más cercanas y otras a unas horas de viaje, lugares donde el estado de alarma también mostraba calles vacías y establecimientos cerrados a cal y canto. Y ha sido precisamente ahora porque a finales de junio tenía algunos días libres. El lugar era importante pero no trascendental, pesaba la curiosidad por conocer de primera mano a esos otros que, al igual que nosotros aquí, también se vieron sorprendidos y maniatados por la misma situación sanitaria. Personas, lugareños o compatriotas -da igual cómo los llame- con los que te solidarizabas de inmediato, pueblos y ciudades que, al margen de su localización, lucían con tonos similares a los de aquí, tanto en sus calles como en sus rincones más característicos, donde parecía moverse menos gente que de costumbre, a juzgar por el número y amplitud de las terrazas y su abandonada presencia. No cabía duda, llegaba un momento en el que la imagen que contemplábamos nada tenía que ver con alguna pasada normalidad, faltaban nativos y visitantes que probablemente permanecerían en sus hogares por un sinfín de motivos, algunos quizás tuvieran que ver con la pura precaución y otros, en cambio, como la desgraciada consecuencia de estos nefastos meses que han partido nuestras vidas en dos. Tantos locales y establecimientos abiertos como cerrados, los que por fin podían abrir sus puertas junto a esos otros en los que se habían cebado la mala suerte o la asfixia económica, definitivamente finiquitados. Calles tímidamente pobladas por paseantes y clientes, tan recelosos como precavidos, armados con la inevitable mascarilla, bien o mal puesta, con cuidada discreción o al desgaire, en la mano o cosida al brazo, azul, blanca o de diseño; obligado accesorio que condicionaba cualquier movimiento y provocaba una especie de mutua empatía que no sabría cómo definir. Idénticos comportamientos, entre reservados y temerosos, en calles, comercios, hoteles, restaurantes y bares, prudencia compartida que el transcurso de los minutos acababa relajando presionada por las ganas de conversar y de verse las caras, pesaba más el deseo de normalidad que los temores, relegados a un consciente segundo plano que todos fingíamos asumir. Los había contenidos hasta la incomodidad como también estaban los que se esforzaban en actuar como si no pasara nada, moviéndose entre el fastidio y una embarazosa liberación, esforzándose en las conversaciones con sus correspondientes mascarillas adornando sus codos; los niños a su aire, bueno, al aire de sus padres, algunos obedientes y protegidos, cohibidos por tener que llevar tapadas sus caritas, como si les obligaran a ocultar el alma, otros haciendo de niños con todas las de la ley. En algunos lugares paseaban amables agentes municipales aconsejando a peatones descubiertos, a lo que el interpelado respondía con una rápida extracción del objeto mágico para situarlo de inmediato delante de su boca. Muchas ganas de hablar, de compartir e intercambiar opiniones que, sobre todo, mostraban estados de ánimo aderezados con las inevitables quejas de inmediato correspondidas por las mismas dificultades e inconvenientes que todos conocemos. Un tema de conversación que no por recurrente resultaba molesto, amable y básico interludio que fomentaba de inmediato una solidaridad mutua que facilitaba tanto negocios como conversaciones. Seguimos aquí.
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