Detenidos

No sé si es la definición correcta, el estado en el que nos encontramos o solamente una impresión. Un día, con su correspondientes salida y puesta de sol, no se diferencia del siguiente porque los vemos desde la ventana, con una mezcla de sorpresa e incredulidad que no acaba de desaparecer; sigue ahí fuera cuando regresamos, con otra luz, otro color o tal vez con una lluvia que no podemos disfrutar porque no sabemos cómo y nos han dicho que mejor aguardemos a que pase el tiempo. Un pasar que no solucionará nada, seguiremos con el mismo problema, no estaremos libres pero, esa es la esperanza, eliminaremos o retrasaremos la posibilidad de caer en manos de esa partícula que no puede considerarse un ser viviente, porque con el paso de los días tendremos más probabilidades de ser atendidos e incluso curados en un tiempo récord. Son esperanzas, el único alimento del que podemos disfrutar.
Mientras tanto permanecemos en el mismo sitio, danto vueltas y más vueltas sin querer hacer por más que tengamos qué, inquietos, o ansiosos, aburridos y cansados, hartos de dormir o trasnochar, de comer o no comer, de leer, de hablar y de estar callados por obligación. Cumpliremos días, semanas y puede que hasta meses, un periodo que, en principio, quedará forzosamente en segundo plano hasta que el recuerdo lo saque a colación en una reunión en la que alguien, buscando o tropezando, saltará con aquello de – Os acordáis… Entonces nos miraremos sin saber qué decir, resoplaremos y mostraremos una sensación de satisfacción y alivio porque algunos no lo pasaron -o pasamos- bien y prefieren no volver atrás, no fueron buenos momentos, aquellos días en los que poco podíamos hacer porque se equivocaron a la hora de obligarnos a permanecer en casa sin saber exactamente por qué. En previsión, decían, de un colapso sanitario, porque las prisas no eran exactamente por el virus sino por la previsible incapacidad del sistema sanitario para atender todos los casos, por eso era preferible, más que eliminar la epidemia, contenerla, supuesto, tarde o temprano, todos acabaríamos afectados por ella.
Entonces, hoy, ahora, pensábamos que esto no acabaría nunca, mezclábamos el fastidio con el miedo y la esperanza, y según la hora del día mirábamos y nos mirábamos dominados por uno u otra, temiendo incluso que podía acabarse todo y no sabríamos cómo volver a comenzar. También entonces nos dimos cuenta de que el mundo en el que vivíamos no podía permanecer quieto, que ese levantarse, trabajar, ganar dinero, gastar dinero, ahorrar, volver a ganar, no tener qué ganar, era el fin de todo, un movimiento que en principio fue medio convertido en fin y que de ningún modo podía detenerse. No pensamos entonces, hoy, como tampoco pensaremos mañana, al fin libres, cómo llegamos a eso, quién marcó las pautas y se dedicó a sostenerlas, darles consistencia y convencer al resto de que la única forma de vivir, la vida, era no detenerse para que el sistema no se parara, so pena de venirse, y venirnos, abajo. Un doesn’t work definitivo que casi nos condenaría a las cavernas, un suceso fatal que, curiosamente, no iba a depender de ningún ataque definitivo contra el sistema, tampoco de un malo de película, sino de una forma de pseudo vida mucha más antigua que nosotros, simples recién llegados.

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