Filosofía

Antes que responder la filosofía es preguntar, y las mejores preguntas son las más sencillas y directas, por eso la filosofía está tan cercana a los niños, porque son los únicos capaces de hacer preguntas tan simples como directas, precisamente las que los adultos ya no pueden ni saben contestar, no porque no sepan las respuestas, sino porque sus vidas de adultos niegan de antemano cualquier respuesta sencilla. Qué significa esto.
Existe una realidad vivida y contingente, como existe una razón humana que, desde que tiene conciencia de sí, ha pretendido comprender y explicar esa realidad, pero en sus intentos por explicarla, ya sea mediante dogmas, teorías o hipótesis y siempre a partir de unas primeras preguntas claras y sencillas, la razón ha despojado a aquella realidad de toda contingencia, precisamente la parte más directamente relacionada con la vida, la menos previsible y teorizable.
Un niño es inteligencia pura al ciento por ciento, por eso sus preguntas son tan simples y directas, como también necesita respuestas de igual limpieza. Un adulto se siente incapaz de responderlas porque en la mayoría de los casos no tiene respuestas satisfactorias para explicarse a sí mismo, su comportamiento o su estado presente. El hecho de vivir lleva implícito la dificultad de detenerse y reflexionar sobre lo que se está viviendo, la vida no espera, apenas deja tiempo para ofrecer respuestas a hechos y comportamientos insuficientemente pensados o de los que uno no se siente completamente satisfecho. El minuto siguiente planteará nuevos interrogantes que obligarán a demorar las respuestas pendientes, que sucesivamente se irán acumulando hasta el punto de llegar un momento en el que el adulto decide dejar en un segundo plano, consciente o inconscientemente, la obtención de respuestas. Esa es su vida, eso es la vida. Por todo ello, cuando es requerido por un niño de la forma más sencilla y directa respecto de cualquier circunstancia de su vida, o de la vida, tiene dificultades para responder, porque de aquellas preguntas sin respuesta se olvidó y del resto ya no sabe cómo responsabilizarse; solo le quedan las excusas. Su permanente para luego le hace, o le obliga, a justificarse de cualquier modo, por carencia de tiempo o de inteligencia. Pero la solución no es regañar o denigrar al niño por hacer preguntas inconvenientes, mejor dicho, inteligentes.
De igual modo, la filosofía viene intentando desde sus orígenes explicar la realidad, la vida y el mundo. En un principio fueron las preguntas, y la necesidad de organizar racionalmente las respuestas hizo que fueran complicándose tanto aquellas como las soluciones. Hasta tal punto que se levantaban teorías o doctrinas que pretendían explicarlo todo, pero con un inconveniente, como los adultos, estos dogmas y teorías, en su presunta fortaleza y perfección, solo aceptaban cuestiones que cumplieran una serie de requisitos que la misma construcción exigía como pertinentes o aceptables. Cualquier pregunta que no asumiera de partida las premisas y exigencias del sistema construido no era aceptada, o entendida, o se consideraba fuera de lugar. Y a medida que la doctrina o el sistema -no lo olvidemos, una construcción racional- aumentaba en volumen se volvía cada vez más complejo, hasta que llegaba un momento en el que perdía toda referencia a la realidad que lo motivó, se volvía tan confuso como inútil, demasiado escrupuloso e inflexible. Hasta que era superado en claridad por un nuevo sistema construido a partir de aquellas preguntas que no cumplieron los requerimientos del antiguo. Y así sucesivamente.
Las respuestas que necesita la filosofía son las mismas que necesitan los adultos, esas que persiguen los niños. Mientras la razón no admita e incluya en sus pesquisas y construcciones la contingencia e incertidumbre que felizmente impone la propia la vida, la humanidad, como los adultos, seguirá teorizando en abstracto, sin acertar a la hora de justificar y explicar una realidad, o existencia, que aún hoy nos es tan extraña y desconocida como cercana y vital. Y la respuesta no es difícil ni se halla en otro lugar que no seamos nosotros mismos. Se trata de escuchar.

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