Lo que queda

Me acusaban con cariño de finalizar casi siempre mis letras de forma descorazonadora o con un poso amargo después de leer lo último que se me había ocurrido a partir de ese punto de vista tan particular o personal que tiene por costumbre fijarse en lo más pequeño o inadvertido que sucede a mi alrededor sin que por mi parte pretenda oscurecer las cosas más de lo que habitualmente se muestran a la vista de todos como tampoco era ni es mi intención señalar ni acusar a quien o quienes pretenden vivir libremente y sin que ni mucho menos olvide la sagrada condición de respetar hasta la última mota de polvo del universo que nos contiene sin menoscabo del común derecho a opinar respecto de todo lo que acontece ante la pequeña luz de mis ojos como primer acto o aliento de quien disfruta sintiéndose vivo y entre iguales además de atrapado en el placer y la felicidad de poder estarlo mientras dure y a sabiendas de ser otra insignificancia más que sabe de sí misma porque se entiende entre y con sin que eso signifique más o sobre y con capacidad para hablar de todo sin olvidar ni echar en saco roto la propia ignorancia como principal garantía de una bendita limitación perdurable que ni nos encumbra ni nos rebaja porque en ningún momento tampoco me olvido de esa íntima poquedad convertida en razón de ser a la hora de ver y sentir como otro esforzado o víctima más entregada a consumir días sin otro beneficio que saberme único y afortunado en mis precarias posibilidades que ni mucho menos significan humillado pero sí agradecido por cada rayo de sol con el que tropiezo y saboreo con la certeza de que no me hace ni mejor ni peor sino quizás más estúpido o más hábil por releer y detenerme en lo que nunca tiene fin comparado con la propia brevedad de la que no pretendo obtener otra cosa que respeto y comprensión por esa fortuna que al parecer otros muchos han decidido y deciden ignorar o simplemente no se sienten en la obligación de utilizar con tal de sentirse más vivos si cabe y a su pesar amén de solidariamente reconvertidos en humanos de carne y hueso dueños de sus propios pasos tanto para encauzarlos hacia objetivos felices o comunes como para el propio infortunio de equivocarse al pretenderse pequeños tiranos ensoberbecidos en un precario y minúsculo yo del que desconocen la mayoría de sus bondades porque creen en ese sospechoso y traicionero orgullo como motor cuando solo es soberbia y arrogancia que se desentiende de una humana y visceral convivencia desprestigiada con menosprecio a costa de no advertir el valor de lo igual en los demás como un enorme y feliz reflejo colectivo que nos enaltece como especie a pesar de que en muchos casos nos guste creernos por encima cuando de la humildad de nuestros propios pasos dependen las sonrisas de este presente pronto convertido en pasado como lección para un futuro que solo es o debería ser amor.

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