Dinero (2) (Mucho dinero)

Todos hemos oído o leído -que no visto ante nuestras narices- sobre cifras de cuatro, cinco y aún más ceros, casi siempre con la excusa de grandes negocios, beneficios astronómicos, riquezas alucinantes u obras de envergadura que alguien, o algo, sufraga -pagar suena demasiado vulgar- a partir de una caja bastante saneada, o no. Dinero igual de inexistente -materialmente- pero de números más largos. Cantidades en cierto modo necesarias e indispensables para demostrar que el día a día del asalariado sin dinero en metálico tiene un sentido; con mucho dinero se hacen grandes cosas -aparte de acumularlo- que, curiosamente, pueden verse, admirar y hasta disfrutarse; todavía hay planeta que esquilmar. Pero esas cifras justificatorias y algo más terrenales, o en cierto modo materializables, son las menos importantes, hay otras aún mayores que solo aparecen en pantallas y terminales selectos, precisamente esos que dicen mover el mundo. Cifras que aún sonando irreales, marcianas o mismamente imposibles, constituyen el pan con el que trasiegan gurús y sacerdotes dominadores de una auténtica criptología indispensable para manipular y dirigir ceremoniosamente la voluntad general, un auténtico arcano, revelado solo a unos pocos, con una fuerza y poder que para sí quisiera el cristiano misterio de la trinidad. En nuestro día a día asistimos sin parpadear al sonido de cifras que parecen sentencias, providencias económicas tal que sermones y cantidades que suenan como exclamaciones; las oímos una y otra vez y seguimos como si tal cosa, probablemente porque nos han convencido de que a partir de ellas esto funciona, aunque ninguno de nosotros sepa qué es esto, qué significa ese funcionamiento y hacia dónde nos lleva.
Muchos dejamos hace ya tiempo de intentar imaginar tales números y su presunta realidad, ya no digo su vulgar e imposible materialidad, pero se siguen repitiendo tal que homilías o admoniciones predicadas por parte de los cardenales que sostienen la fe económica, tipos, probablemente de lo más mezquinos, que, sabedores de su poder y línea directa con Dios, imponen, quitan e intercambian ceros como el Papa reparte bendiciones. Este enorme tinglado económico funciona casi por arte de magia, porque mágico es que el personal lo haya aceptado y se lo trague, o presuma de entenderlo porque cree saber lo que es un mercado, término demasiado vulgar que, sí, en principio se parece a esos en los que usted compra las acelgas, si es que todavía come acelgas. Pero en tales bazares no se ofrecen mercancías al uso, sino que se mercadea con productos tan crípticos y misteriosos como futuros -eso, intente adivinar la mercancía-, valores, bonos, CO2, pérdidas, beneficios, fondos soberanos, fundaciones etc.; todo un elenco de figuras y preceptos que, con el subtítulo de ingeniería financiera, funciona como una auténtica Biblia imposible de ser estudiada o comentada, sobre todo porque en el fondo más bien se parece a una cábala tan abstrusa como barriobajera. Incluso existen, como en toda religión que se precie, sagrados lugares de peregrinación que tampoco necesitan ermita o capilla en la que adorar, se denominan paraísos fiscales, pero se encuentran en esta tierra.
Por supuesto, en mi pura ignorancia yo tampoco llego a entenderlo, pero tampoco soy como esos estúpidos incrédulos que, en su pacata soberbia, osan imaginar sacrilegio mayor que repartir uno de tantos y tantos millones a cada uno de los habitantes de este azaroso planeta, una módica cantidad que facilitaría que cada hijo de vecino tuviera la posibilidad de curar sus males y ser medianamente feliz… ¡Sacrilegio! exclamarían los cardenales y sacerdotes de la religión económica, ¡anatema! No puede concebirse mayor impiedad, ¿qué loco puede alcanzar o pretender que esas enormes y sagradas cifras se degraden a materializarse en el mundo de los humanos de andar por casa? Sería como pretender igualarse a Dios, con ello se resentiría la fe económica, se cuestionarían sus enseñanzas y se haría caer de un plumazo todo el sagrado ceremonial y los misterios del libre mercado, máximo exponente de la inteligencia humana en contacto con lo más sagrado.

Esta entrada fue publicada en Sociedad. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario