Dinero (1) (Su inexistencia)

Quien hoy disfrute de un trabajo medianamente decente, y legal, probablemente cobrará mediante transferencia bancaria, es decir, no verá ni dispondrá materialmente del dinero, algo que no es un problema, todo lo contrario, dicen. Ingresado el sueldo en el banco correspondiente -única forma de percibirlo-, aquel comenzará a funcionar de manera autónoma e independientemente de la voluntad de su propietario; será tasado, dividido y/o desviado para pagos y facturas -hipotecas, préstamos, mensualidades, afiliaciones, suscripciones, etc.-, incluidos los propios impuestos que la entidad bancaria cobra al confiado cliente sin que aparezcan por ningún sitio, quedando un resto, si algo queda, que lucirá como una cantidad en negro de la que su dueño podrá cerciorarse, admirar -esto último solo los más afortunados-, e incluso regodearse desde cualquier dispositivo electrónico que tenga mano. Sin necesidad de tocarla con los dedos, tampoco de contarla billete a billete -ese íntimo placer que brinda la codicia más secreta-, el feliz poseedor podrá volver a llenar el frigo y la despensa -si no es de los que come fuera o gustan que le llevan la comida a casa-, elegirá, decidirá y tal vez concretará -pagará- el próximo viaje y curioseará la renovación o capricho de lo que considere en condición de ser renovado o al fin adquirido. También actualizará su ropero, si le gusta vestir bien y es aficionado a pasear, comer o cenar fuera; llenará el depósito de combustible de su vehículo cuantas veces sea necesario, compartirá su ocio con amigas y amigos y hasta se procurará algún que otro escarceo sexual si el asunto apremia.
Sumen todo lo que se les ocurra hasta la siguiente paga, hasta el próximo y ansiado ingreso si la cosa va más bien ajustada, situación que nada tiene que ver con la de los afortunados que, gracias a su holgura económica, se permiten el lujo de olvidar lo que automáticamente perciben cada final de mes. Así, mes tras mes y año tras año, una sucesión temporal de cifras digitalmente impresas en las que nuestra voluntad interviene cada vez menos y que solo en apariencia tienen que ver con lo que solía decirse dinero en metálico, algo materialmente inexistente, innecesario para que cada quien pueda vivir tantos años como quiera, pueda o le apetezca. No estoy hablando de una ficción, ni de un futuro lejano, sino de hoy mismo, de una realidad que dócilmente hemos asumido porque, según nos dicen, los tiempos y la economía lo demandan. Que los tiempos y la economía sea algo real o inventado tampoco parece ser muy importante, sobre todo cuando tan poco se puede hacer frente a ella y sus sacerdotes. Toca, pues, actuar y comportarse como el personaje Cifra en Matrix, que, ante la disyuntiva de hacer y comportarse como un hombre y luchar por los suyos o asumir su función accesoria -menos que esclavo- respecto de un sistema omnipotente y explotador, más o menos viene a decir… ya sé que no es real, pero siéntenme en una mesa para disfrutar de un buen vino y un buen filete y déjenme de crudas, distópicas y sacrificadas realidades humanas… prefiero funcionar como una pila de combustible si con ello sacio mis instintos más básicos a cambio de mantener un sistema que, por principio, concibe a los hombres como recambios sin voluntad, simples unidades de energía.

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