Joker

Joker está atravesada por un tenso y soberbio hilo de humanidad que te deja pegado a la butaca, casi sin respiración, muestra a la luz un humano y cruel mecanismo que dice más de nosotros de lo que nos gustaría admitir; es un retrato carnavalesco y feroz, tan lúcido como desasosegante, angustioso, tremendo y brillante a la vez.
Joker es una magnífica película por la que no se puede pasar como si tal cosa, es completamente imposible, entusiasmará a mucha gente, sobre todo a los que viven en este siglo, como será denigrada por excesiva, violenta o brutal, juzgada a destiempo por ese despistado o aburguesado cinéfilo que últimamente se ve incapaz de seguir el ritmo de los tiempos. Tras ella, probablemente se hablará de un antes y un después a partir del cual el murciélago habrá perdido definitivamente la batalla, ya no será el mismo, a no ser que uno decida dimitir del presente e ir a refugiarse en las ediciones originales de DC. Porque Joker no tiene que explicarse ni necesita que la trasladen a ningún universo concreto, ni que la encajen en secuencia alguna de superhéroes, como tampoco precisa de enemigos porque a día de hoy no los hay a su altura.
La película es una excelente y redonda metáfora que muestra sin pretender resolver, no es su intención, la desasosegante y contradictoria realidad de los millones de vidas humanas por las que el tiempo ha pasado sin detenerse, desde hace tanto que ni siquiera hay constancia de ello; una noria gigantesca que se alimenta a sí misma engullendo cuerpos como quien respira, una permanente barbarie -tal y como afirmaba Benjamin de la historia- en la que apenas cabe un buenismo que solo es otro pelaje de esa falsedad que nos consume conformándonos a cambio de no volver la vista a un lado.
Y todavía no he hablado de la excelente y desasosegante puesta en escena, ni del preciso trabajo de montaje, ni del magistral trabajo de Joaquin Phoenix…

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