Nostalgia

Hay veces en las que me detengo a pensar en la nostalgia, siempre con algo de suspicacia porque no acabo de aceptar o entender el tiempo dedicado al pasado a costa del tiempo presente. Nada que ver con los recuerdos, siempre presentes de un modo u otro, colaborando en hacer y dar forma al sujeto que recuerda, parte nada desdeñable del vivir, o casi todo, aporte fundamental permanentemente vertiéndose en el crisol en el que se forja ese tipo ideal capaz de saber, siempre que se lo proponga, dónde está y de dónde viene; lo de qué quiere es otro cantar.

Peor es la tristeza o la pena que suelen acompañar a la nostalgia, en unos casos dando lugar a alguna demora apenas perceptible y en otros convirtiéndose en una rémora que hace imposible cualquier movimiento, o peor aún, provocando un complejo e injustificable bloqueo o inactividad que tiene más que ver con una desgraciada derrota personal. Esa tristeza que acompaña a la nostalgia suele estancarse en tiempos pasados o lugares lejanos -basta con no estar allí-, y aunque el tiempo goza de la virtud de la inasibilidad, su peso en el alma puede ser tan importante como contradictorio e inútil, mucho peor cuando se convierte en la causa de un desafortunado y nefasto intento de regreso que solo traerá decepciones y más tristeza, o el descubrimiento, al fin, de que las cosas pasadas jamás vuelven y aquello era un sinsentido que puede arrojar una vida al cubo de la basura. Los lugares, en cambio, son una cuestión de menor envergadura, aunque haya personas que pierden el sentido de la realidad debido a lugares, su lejanía o el simple no estar, que nada pueden ni harán por ellas, llegando a cobrar una importancia desmesurada que bloquea e impide el desarrollo con normalidad de cualquier vida presente o futura.

Hablar de lugares es hablar de territorios, localizaciones en las que se inscribió un tiempo de nuestras vidas que no va a volver, que dejó unos pocos o innumerables recuerdos, una cantidad variable en función de la vitalidad del propio sujeto que, si aprendió de ellos, le habrán servido y aun le servirán para vivir el presente y mirar hacia adelante con mayor confianza. También hay lugares que provocan un violento y visceral desapego, difícil tanto de sortear como de olvidar, que, como toda cicatriz, acaba dejando una marca indeleble sobre la que el paso del tiempo también actuará haciendo que llegue a olvidarse su misma existencia.

Hay lugares que no van a volver, los pueblos, tan de moda, por ejemplo, territorios que cumplieron su función en el tiempo, mejor dicho, la función que les dimos nosotros con nuestras propias vidas, voluntarias u obligadas, sin las que no serían nada o ni siquiera existirían; lugares que puede apenarnos volver a ver o saber de su mal estado o abandono, como también nos apena no ser físicamente quienes fuimos. También podríamos preguntarnos qué o quiénes los decidió y por qué, quién ordenó violentar el terreno para construir en función de un derecho que solemos atribuimos de forma egoísta. Y habiendo sido nosotros, los mismos que los levantaron, quienes hemos elegido y trazado un nuevo camino, dejémoslos morir en paz, cualquier precaria resurrección sería un nuevo sufrimiento que esos lugares no merecen, que envejezcan y perduren como recuerdos casi vivos, tal vez así podamos recuperar algo de cordura y rectificar errores pasados.

Intentar recuperar o revivir los pueblos es tratar de volver al pasado, poner en práctica un ejercicio de nostalgia repleto de parches y soluciones precipitadas de última hora -algo así como mezclar y agitar el medievo con Amazon-, tampoco es que sea mejor derribarlos, sumergirlos o directamente hacerlos desaparecer, el paso del tiempo se encargará de ellos, al igual que hace con nosotros, lo que no impide que nosotros y nuestros hijos sigamos adelante dedicados a otras cosas que ahora parecen más importantes; y en cuestión de generaciones nadie se acordará de los pueblos como nadie se acordará de nosotros.

La especie humana es memoria, no nostalgia.

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