No hace falta ser un lumbreras para concluir que desde que el hombre es hombre y patea este planeta el individuo siempre ha sabido, casi desde su mismo nacimiento, que el lugar y entre quienes viene al mundo condicionarán de forma determinante su vida futura; tribus, progenitores, abundancia, relevancia familiar y social, posibilidades y perspectivas te son concedidas nada más nacer, y entre ellas no aparece la igualdad con el resto de los humanos, a lo sumo con los más cercanos.
Creo que la igualdad nunca ha existido ni existe en la naturaleza, ni vegetal ni animal, incluida la especie humana, cada ejemplar ha tenido que aprovechar, como ha sabido o podido, el entorno en el que vio la luz y crecer en mayor o menor medida con su ayuda, que no es la de sus semejantes. Es decir, el origen condicionaba, y condiciona. No hay por qué apenarse ni darle más vueltas.
Una vez constatadas por cada hijo de vecino las diferencias y desigualdades de partida, además de asumidas como naturales, solo quedaba ganarse la vida como tocaba.
Hasta aquí ningún problema. He imagino que fue la religión, como elemento fundamental de cohesión social, en nuestro caso la religión cristiana -¿por qué no? es la que nos pilla más cerca-, la que, visto y comprobado que la desigualdad de origen fue siempre la norma y en la imperiosa necesidad de ganar adeptos para su causa, tuvo la feliz idea de consolar a los humanos más desgraciados vendiéndoles que, si aquí en la tierra sus desgracias no tenían fin, a los ojos del Dios de los cielos todos los hombres eran iguales… ¡¡tachán!! Al parecer eso fue suficiente para que los desposeídos, millares que se irían convirtiendo en millones con el paso de los años, digirieran de buen grado su mala fortuna, calmaran su hipotética sed de justicia y se resignaran a un paraíso futuro que, a día de hoy, brilla por su celestial ausencia. Claro, nuestra pequeñez o endémica estupidez imposibilitan tan magnífica visión, paraíso que solo la fe puede proporcionarnos. Con ello quedaba todo bien atado.
Desde la religión como consuelo de almas, más bien algo ignorantes, el fenomenal pero intangible invento de la igualdad descendió a la tierra de la mano de las revoluciones sociales y proletarias del siglo XIX, constituyéndose en meta y piedra fundamental de socialismos y comunismos que tan desgraciadamente colapsaron a finales del siglo XX.
Quedó el gusto por la palabra -sonaba bien-, dejando para otros menesteres que nunca vendrán a cuento la inapelable evidencia de su imposible materialización en esta tierra. Las cosas han seguido tal cual, perdura una tozuda realidad dirigida por afortunados descendientes que supieron en su momento que aquello era un camelo, las utopías e ideologías basadas en la igualdad poco o nada tenían ni tienen que ver con el mundo real. La única igualdad hoy asumible entre los hombres dura segundos, se limita al canal del parto a través del cual venimos a este mundo y dura hasta las manos que te acunan poco después, el resto son simplezas igualitarias para crédulos.
Hoy, toda referencia a la igualdad ha quedado como una retórica vacía utilizada por dinosaurios del pensamiento de izquierdas atrincherados en sus bien surtidas y seguras bibliotecas, en alguna que otra ocasión predicada por sus acólitos más ciegos; o como el reclamo definitivo que manosean políticos y publicistas en su sano objetivo de perpetuar un status quo que bendice la desigualdad como fundamento del mismo sistema, del mundo tal y como lo conocemos. Y la obediente resignación del ciudadano de a pie, exquisitamente macerada por la religión, ha asumido voluntariamente que eso de la igualdad es una ficción con la que vivir, una ilusión, una zanahoria que sirve mientras se tienen fuerzas para esforzarse tras ella, esfuerzos a los que sumar la completa e íntima seguridad de que jamás se va a conseguir.
Por eso creo que habría que revisar eso de la igualdad y desengañar a quienes todavía la consideran real o posible, ni como utopía; siempre será preferible volverla a enviar, si no directamente a la basura, si al mundo etéreo de lo sobrenatural.
Necesitamos, pues, redefinir la igualdad, dejar de mentir y de que nos mientan en su nombre o, mejor, desecharla para siempre. La igualdad en esta tierra jamás ha existido, ni como proyecto, ese es un buen principio. Los más desfavorecidos jamás serán capaces de unirse para echar a capones a los que viven de la desigualdad, ni siquiera para darle la vuelta a la tortilla. Luego, piense en lo que quiere, cómo conseguirlo y qué y a quienes necesita para ello y déjese de tonterías. Las puertas se irán abriendo, es una cuestión de número.