Las películas de vaqueros, al margen de lo pasado, manido o abandonado del género -siempre según quien-, cuentan con la ventaja de mostrar y permitir que el espectador aprecie y disfrute, casi en estado puro, de los vicios, las pasiones y los sentimientos humanos; en ellas es posible distinguir e identificar, con claridad meridiana, comportamientos y situaciones que hoy cuesta reconocer en directo o simplemente nos negamos a asumir, además de reproducirse multiplicadas por mil. En la exculpadora confusión o interesado desconocimiento que conforma el presente, sus protagonistas, es decir, nosotros, gustan esconderse o escudarse en justificaciones infantiles, dobles lecturas -desoladoramente simples- y aglomeraciones salvadoras que tienen la mala costumbre de ubicar a los demás como pantalla o causa de la propia falta de respeto, abandono e incompetencia.
Me volvió a suceder con El jinete pálido, de Clint Eastwood. No hay nada como un pueblo de hace un siglo o siglo y medio, en el que coexisten cuatro gatos, para comprobar en estado puro el tipo de especie que somos. Un auténtico laboratorio en el que la convivencia y las relaciones entre sus habitantes no necesitan de intermediarios, abogados o aseguradoras ofreciendo soluciones exclusivamente personales; los malos, por supuesto y en su favor, tampoco precisan echar mano de ningún subterfugio, fake news o publicidad encubierta para lograr sus objetivos o hacer realidad sus deseos -entre ellos el inevitable y obsesivo poder-, y si es necesario liquidar de un par de tiros y sin pedir disculpas a enemigos o cualquiera que estorbe; también sin el engorro de tener que inventar complicados artilugios propagandísticos, programas políticos o depresiones económicas. En caso de conflicto el diálogo se establece directamente con las armas o por intermediación de algún pistolero o pistoleros que, sin advertencias previas ni presentaciones de ningún tipo -el nuevo en el pueblo-, ejecutan el trabajo por el que les pagan enviando directamente al infierno al mortal o mortales que se interpongan en el camino del malo de turno.
Aquí cada cosa tiene su nombre, que todos conocen, y las palabras un significado, en el que también todos coinciden. La dignidad es norma y ley para todo aquel que sueña con ser dueño de su presente y futuro, sin medias tintas, coartadas, disimulos ni culpas ajenas; uno afronta lo que quiere ser sabiendo que la mejor y única manera de conseguirlo es viviendo de pie, y así te lo reconocerán los demás, en caso contrario la existencia se limita a vegetar arrastrándose a los pies de otros. La ambición es ambición pura y dura, y como tal no necesita de juntas de accionistas, presupuestos, crisis ni emprendedores, como tampoco de subvenciones, sobornos, reuniones de última hora o datos de crecimiento, toda esa parafernalia inventada por malos supuestamente más sofisticados con el único objeto de seguir humillando y explotar de forma amable al resto. Las pasiones se sienten y se satisfacen dentro de lo posible, sin remordimientos hipócritas ni cobardes arrepentimientos; el amor y el sexo se disfrutan cuando se puede y el cariño se cuida y fomenta al calor de la larga y dulce mano del tiempo. Todo ello aderezado con un fondo de violencia que no permite camuflajes, fingimientos ni segundas oportunidades. Cada tipo lleva el alma dibujada en la cara, como cara a cara ha de defender sus opciones y, llegado el caso, enfrentarse a sus contrarios, sin delegaciones ni pretextos cobardes. Lo realmente vergonzoso y humillante es no asumir como propio lo que todos saben, y la mejor forma de estar con los vecinos es aceptar de buena gana, con la aquiescencia general, lo que cada uno ve en el espejo cuando se levanta cada mañana.
Hoy, sin embargo, nos movemos de un lado a otro en el interior de una atmósfera infectada en la que las relaciones humanas semejan ajustes mecánicos sin alma e interesadas relaciones de compraventa. Son millones los que malviven, creyendo vivir, de espaldas a su propia vergüenza, relegada a un inconsciente culpable del que nada se quiere saber; de vivir en el oeste ni siquiera merecerían morir de un balazo en la frente.