Ilustres

Embarcados como estamos en periodos electorales no faltan ilustres que por bondadoso altruismo, interés propio hacia la tozuda plebe o simple negocio intentan influir en el personal a partir de posiciones de supuesto prestigio, posiciones que les conceden, siempre según ellos, la potestad -o simple vanidad- para aconsejar desde su sabia experiencia a una población que, en su santa ignorancia, anda despistada y sin saber que con su inconsciente o vehemente voto puede empeorar aún más las cosas. Estos señores disponen de perspectivas privilegiadas y por ello se creen en posesión de un conocimiento del cual el resto carece, tribunas vitalicias que ni siquiera se preocupan de revisar, renovar o actualizar; desde ellas se atreven con la piel de otros porque, en su espléndida magnanimidad, también lo creen su problema. Y porque también cobran por escribir insustanciales simplezas, solo tienen que garrapatear quinientas o mil palabras que se publican sin que nadie previamente las filtre o lea.

Tanto sabio preocupado por la salud y sensatez política de sus conciudadanos mosquea, sobre todo porque ofrecen, o aconsejan, más de lo mismo, es decir derecha neoliberal tímidamente progresista que sirve y adula a empresarios y ricos que son, evidentemente, los que disponen del dinero del que ellos viven. Porque la población de a pie, los normales, todos esos que tienen que madrugar para trabajar a cambio de un sueldo sobre el que no gustan opinar -cada cual obtiene lo que se merece, es ley de vida. Amén-, necesita que la guíen. Tampoco opinan sobre trabajar horas extras sin cobrarlas porque el sufrido empresario no quiere pagarlas -aunque sí quedarse con los beneficios que producen. En cualquier caso lo importante es abstenerse de votar a esas izquierdas que dicen querer ayudar políticamente a quien lo necesita, primero porque mienten sistemáticamente y, segundo, porque votar a la izquierda enfadaría a una derecha más habituada a mandar, y lo que es peor, eso haría que el dinero desapareciera más rápidamente de lo que habitualmente lo hace allende nuestras fronteras. Luego debemos aceptar las migajas que se desprendan de la perpetua corrupción, las habituales defraudaciones fiscales y las inversiones en fondos buitres; los ricos, ablandado el corazón por sus continuos ingresos libres de impuestos, se compadecerían de la población y dejarían algo de dinero en forma de puestos cutres y salarios miserables. Es lo que hay.

Estos señores, digamos Azua, Savater o Vargas Llosa, utilizan la prensa para pontificar día sí día también cobrando por ello, y en más ocasiones de las deseables resulta francamente penoso leerlos, no por su prosa, todavía correcta, sino por la inexistencia de temas o argumentos; simples, cuadriculados, faltos de imaginación o reaccionariamente paternales, cuando no simple y patético relleno, cero. Desde sus sinecuras periodísticas se consideran a sí mismos sabios, cuando, si realmente lo fueran, habrían entendido que hace ya bastante tiempo que deberían haberse retirado para dedicarse a disfrutar o vegetar en sus ya provectas edades. Desgraciadamente ninguno aprendió del tristemente desaparecido Sánchez Ferlosio, él si sabía cuál era su puesto. Tales timos periodísticos tampoco parecen preocupar a sus pagadores, que si fueran profesionales rogarían a tanto ilustre que se quedara calentito en su casa dejando en paz al personal.

Se imaginan qué le sucedería a cualquier trabajador, de esos que votan a las peligrosas y mendaces izquierdas, si se le ocurriera hacer mal su trabajo, probablemente el provecto empresario le pondría directamente de patitas en la calle; es la diferencia entre el que, con el culo a cubierto, se cree con derecho y conocimiento para pontificar sin que se lo pidan desde cualquier púlpito público y el que tiene que doblar la espalda para obtener con qué malvivir.

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