Unos compañeros de trabajo en periodo de descanso hablando de viajes, con la jubilación no muy lejos para la mayoría; respetables padres de familia, algunos ya abuelos, con sus vidas voluntariamente puestas en cuidados paliativos y al parecer todo hecho. Hablan con esa suficiencia que suele dar lo vivido -aunque lo vivido no llegue para llenar la hoja de un calendario- y coinciden en sus miedos y desconfianzas de forma automática -seguridades, lo llaman. Hablan de los jóvenes y su manía de viajar a cualquier sitio, porque los jóvenes son eso, jóvenes, y no piensan en lo que puede suceder, en los accidentes, y se dedican a viajar sin ton ni son en lugar de preocuparse de ir a lugares donde haya una atención médica asegurada, por si acaso, un acaso que, oyéndolos, parece más bien una certeza. Por eso es mejor quedarse cerquita, o en el país, total, aquí tenemos de todo, playa y montaña, y además se come -cuestión más que importante- mejor que en ningún otro sitio; entonces ¿para qué más? Son jóvenes y solo piensan en divertirse -los justifican-, luego pasa lo que pasa y no tienen a nadie porque donde van solo hay calamidades. Asentimiento general cargado de un particular sentido común. No hay objeciones, hablan en un tiempo que no parece el suyo, inconscientemente amarrados a sus temores y carencias, muchas; dominados por unos recelos aliñados con una sobreabundancia de ignorancia y una educación corta que cercenó de raíz sus ilusiones, en la mayoría de los casos sin que llegaran a florecer, o simplemente desconocidas. Son el típico producto de una educación cerrada y represiva, santificada por una dictadura que se dedicó a capar futuros a costa de una seguridad que solo da para tirar hasta final de mes. Mañana Dios dirá.
Un grupo de mujeres más cerca de la adolescencia que de la jubilación hablando a gritos en el tren, en viaje de despedida de soltera y capaces de imponer los ridículos más inesperados a propios y ajenos porque les apetece. Sus pequeñas historias y comentarios, junto a la forma de expresarse, a veces rozan la inconsciencia, pero hablan a partir de una dedicación tan aparentemente sólida como en esos momentos desconocida -luego descubriré que aquella supuesta inconsciencia era un problema exclusivamente mío. Se dedican a la enseñanza -no hemos necesitado mucho para enterarnos-, disponen de nuestros hijos y nietos sin que aparentemente les tiemble el pulso, aunque oyéndolas en algunas cosas y situaciones sí temblaría el nuestro. También hablan de viajes… por todo el mundo, y cuando cuentan lo mismo se trata de una semana en Japón que de un resort en Bali. No hay fronteras, ni físicas ni idiomáticas, ni temores, ni accidentes, y para cualquier inconveniente ya está el guía cuidando del grupo, todos los guías. Para ellas el mundo es un parque temático -textual-, y una va donde en ese momento le apetece, que quiere decir cualquier parte de este pequeño planeta; los hijos aún son de otros.
Curioso país este… ¡cuánto hemos cambiado! La valoración de este cambio no me corresponde a mí, ni siquiera a ellas, aunque, viendo y oyéndolas, no parece que tampoco les importe, sobre todo teniendo como tienen un presente que consumen con fruición para envidia o rencor de pusilánimes y resentidos. Es lo que hay.