Su padre, evidentemente, fue antes, así como su desmedida afición a la serie Star Trek, un auténtico friqui que introdujo a su hijo, casi desde el biberón, en la sagrada parafernalia de la misma. Algo normal y más extendido de lo que pudiera parecer, en parte debido al supuesto derecho de todo padre a hacer de su hijo lo que le dé la gana y en parte por aquello de que todo niño comienza imitando a uno de sus progenitores en muchas o algunas de las cosas y aficiones que aquel cultiva y que el pequeño procura anotar en su cabecita y no perder de vista. Tampoco es que la serie Star Trek fuera de lo peor, hay gustos y aficiones que merecen palos y sus seguidores viven y se comportan como personas normales.
El problema, si puede decirse tal, surgió cuando el chaval decidió, con catorce añitos recién cumplidos y a falta de más de un lógico hervor, que quería convertirse en el señor Spock en versión terrenal, para lo cual era preciso operar algunos cambios en su fisionomía además de añadir un matiz que le daría al personaje un toque auténticamente personal, sería un señor Spock sin pelo -tal como la moda del momento obligaba-; es decir, vista la afición del papá, el niño no le iba a quedar a la zaga, ya estaba de bien de parecerse e imitar a, si quería ser alguien entre sus amigos y, sobre todo, frente a su progenitor, ya era hora de orientar su futuro y dar un paso adelante sorprendiendo a todos con un golpe de mano más impactante que un ataque klingon. Con la inconsciente aquiescencia de su madre, que no colaboración, porque la buena mujer escuchó de buen grado a su niño sin jamás imaginar que aquello iba de algo más que un disfraz, el chaval se puso manos a la obra con la inestimable colaboración de una tía desocupada que estaba, también hay que decirlo, un poco más para allá que para acá, cómplice amable que facilitó al muchachete todos los trámites e incluso aportó su consentimiento de adulto responsable directamente emparentado con la criatura cuando las obligatorias prácticas lo requirieron, o sea, que se hizo pasar por su madre cuando fue menester o la trascendencia de las decisiones lo demandaban.
Y así fue cómo el mozalbete, con la excusa del exigente curso escolar que recibía en un internado de cierto postín, abandonó temporalmente las obligaciones de su edad por la perentoria inmediatez de su aventura galáctica; es decir, se puso manos a la obra y en casi seis meses de aparentemente esforzadas aplicación y estudio cambió su imagen de arriba abajo, justo para presentarse por sorpresa con su nueva identidad en el cumpleaños de su papá galáctico. Y así fue como, el día señalado, un taxi aparcó delante de la residencia familiar y de él descendió un tipo -el muchacho era alto para su edad- vestido con pantalón negro ceñido, suéter oficial color azul y la cabeza completamente depilada, que no rapada, desde el mentón a la nuca, porque el propósito era que el cabello no creciera jamás; una gran nariz culminada con una porreta sin gusto, las cejas depiladas en ascenso hacia le enorme frente y un par de orejas puntiagudas que para sí las quisiera el originario señor Spock de la serie intergaláctica. De la hermosa melena que hasta entonces luciera el chaval y de la cara que se les quedó a los papás cuando abrieron la puerta a aquel vulcaniano de pro varían las versiones.
Posdata. Hubo alarma, más que sorpresa, un poco de escándalo, la obligada búsqueda de responsables, tras ser despojado el menor de toda autoridad, y la relativa preocupación por cuantos de aquellos cambios fueran irreversibles; esto último a espaldas del muchacho, entonces sí niño, un auténtico carácter que, todavía no se sabe si debido a la excelente educación recibida o porque como individuo respetuosamente alentado capaz de tomar sus propias decisiones ejerció de tal, en algún momento decidió encarar su futuro de forma tan drástica y sin que en ningún momento le pareciera una niñería. ¿No se trataba de su propia vida?