Jazz

En estos días finales de invierno en los que el sol aún no se muestra con confianza, amilanado por unas nubes que tiñen de gris y humedecen los días como hacía mucho que no se veía por estos lares, viene sonando en casa un disco encontrado al azar en una tienda de segunda mano en las que de vez en cuando rebusco sin saber qué; una de esas tiendas en las que te dedicas a repasar cajas y cajas de discos conocidos y desconocidos entre la duda y la prisa, vagabundeo que casi siempre toca a su fin cuando el horario te parece ya excesivo para tan escaso botín, nada, y es en última instancia, por no salir con las manos vacías, cuando escoges lo que viste en una de las primeras cajas, ese disco que te llamó la atención al principio, en el que te detuviste y por el que pasaste porque tal vez te parecía demasiado pronto y casualidad haber dado con lo que inconscientemente buscabas a las primeras de cambio. Una de tantas grabaciones de los años cincuenta o sesenta que ofrece música sin estridencias ni malabarismos de estrellas de moda, un delicioso caudal de sonidos desgranados de forma elegante por unos músicos que te obligan a detenerte y sentir cómo se evapora esa melancolía que la persistente lluvia viene depositando en el corazón, mágicamente sustituida por una sonrisa esperanzada que te invita a abordar el minuto siguiente con la alegría del que se siente tan vivo como libre.

Esta pequeña obra de arte, un disco que probablemente no estará entre los mejores de la historia del jazz, está firmada por el saxo de terciopelo de Coleman Hawkins y contiene todo lo necesario tanto para sentirla como para disfrutarla; una forma de narrar sin prejuicios ni ceremonias, una música sin tiempo ni edad que sin pretender impresionar o lograr la excelencia porque sí lo consigue con facilidad, nota tras nota, gracias al buen hacer de unos músicos excelentes dedicados a lo que mejor saben hacer: música. Un estado del alma para el que no hacen falta ni condicionantes ni medidas y si la valentía para dejarse penetrar por ritmos y melodías que acaban plácidamente instaladas en el corazón antes que en la cabeza, sembrando una deliciosa semilla que poco a poco va creciendo y generando un bienestar y una confianza que hace unos momentos no existía y ahora estás convencido de que nadie podría tumbar.

Siempre el jazz, ese viejo conocido del que por temporadas reniegas o al que le eres infiel con otras músicas o modas, vanos intentos de saborear platos que con el paso de los días acaban hartando o no diciéndote prácticamente nada; la sorprendente y sorpresiva recuperación de ese fondo de armario que habías medio abandonado y que de pronto se rebela igual de vivo que siempre, y volver escucharlo se convierte en otra nueva exploración de sonidos que emocionan, embelesan y expulsan la prisa meciéndote en un goce sin tiempo ni fin.

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