Estaba detenido en la calle ante un televisor tras un escaparate mientras se sucedía la publicidad de vehículos iguales en distintos colores para gente igual que pretende o se cree diferente porque se identifica con el modelo que engatusa sus ojos mientras consume una mala cerveza y los jóvenes que persiguen el balón descansan en un hipotético y colorido vestuario donde un adiestrador de efebos sin recursos aspirantes a millonarios y millonarios de hecho aguantan resignados un ceremonial pactado antes de lo que se denomina segunda parte de un juego en el que el dinero se mueve de un lugar a otro sin otro objetivo que el de engordar cuentas bancarias de tipos a los que el juego les importa un pepino pero que también tienen tiempo para fabricar otra publicidad que no es de coches pero que de pronto interrumpe la secuencia motorizada mostrando un hipotético y exitoso futuro para otros jóvenes más jóvenes entretenidos en sus hipotéticas destrezas con ollas y cacerolas como solución de hoy y definitiva a sus prometedoras vidas que de la noche a la mañana se jugarán un todo que todavía sigue siendo nada en función de un fuego demasiado lento o un pescado en exceso cocinado que tal vez les lleve a la derrota más completa y estúpida como ejemplo de lo que este mundo cruel les depara a los que no son capaces de enfrentarse a sus virtudes y limitaciones y no obstante se empeñan o les obligan y animan otros que supuestamente les quieren ayudándolos a participar en mil concursos para inmaduros desorientados que aún no entienden que esto de vivir es más una cuestión de razón y sentido común que de una suerte siempre esquiva que en última y repetida instancia siempre acaba favoreciendo a quienes tienen las riendas en su mano y no cesan de fabricar esa publicidad engañosa que ofrece a los más desfavorecidos el cielo en la tierra a cambio de su permanente docilidad de siervo apto para consumir sin medida coches y concursos culinarios o cantariles sin desfallecer en ningún momento porque diligentemente saben que tras ese concurso habrá otro u otros para los que prepararse acumulando sabiduría de bote en la que adiestrase con ansiosa desesperación empollándose miles de datos con la esperanza de que el reloj se detenga justo en el momento en el que ellos dicen la última palabra y un público enlatado les jalea siguiendo las órdenes de un regidor de guardia cansado o harto de alentar a tanto aburrido capaz de abandonar su vida por un autobús y un bocadillo que le ponga delante de una cámara de televisión que lo instalará momentáneamente en este mundo para felicidad de sus parientes y amigos reunidos previo aviso después de dejar los mismos coches de la publicidad ya envejecidos aparcados en la calle y mutuamente reconocerse en los mismos entretenimientos creados para disuadir de la verdad de las cosas a tanto desesperado por creerse cualquier chisme antes que a sí mismo e incapaz de hacer lo que le dé la gana por el propio placer de hacerlo porque en el fondo necesitan público y jaleo para creerse y hacerse creíbles y al fin reales y más o menos vivos pero igual de pobres.