Otras calles

Otras calles pero la misma ciudad, más o menos la misma hora, no muy alejadas estas de aquellas y otra gente que, ahora sí, está aquí en cuerpo y alma, porque su tiempo es hoy, ahora mismo, y cada minuto cuenta. Van y vienen de todas partes, se reúnen, sonríen cuando se ven, se saludan, se besan, se repasan de arriba abajo y muestran esto y aquello con un entusiasmo que deja un aroma fresco alrededor que perfuma a todo aquel que pasa a su lado. No cesan de hablar, de preguntarse, y aparecen familiares, amigos y problemas que, viéndolos, no parecen tales, ni siquiera problemas; planifican sobre la marcha a corto y largo plazo, también sobre su futuro, pero es un futuro breve, casi de ahora mismo, de mañana, como mucho. Al poco deciden dónde ir, si al cine o dar un paseo, también vale tomar un refrigerio que es mientras y desde el que no perderse de vista, y conversar o, cómo no podía ser de otro modo, repasar el inevitable teléfono móvil, ese otro pulso que late parejo al de su corazón y, llegado el caso, volverse para nuevamente mostrar esas imágenes siempre importantes, no importa su brevedad y efímera existencia.

Cuenta el ahora, lo que tienen y es más suyo, quizás porque la mayoría representan esa juventud que no suele pensar en el futuro a no ser que los adultos se empeñen en ponérselo insistentemente delante de sus narices; y si parece que se detienen en él, que también saben de sus férreas condiciones, pronto lo dejan a un lado para regresar a su presente, lo verdaderamente importante, lo que les preocupa, con esa preocupación de la que muchos adultos fingen reírse más por desazón que por honradez. Luego, ese mismo adulto, en parte frustrado, pasará al nivel siguiente y les advertirá más seriamente, o les amenazará porque su aparente inconsciencia les perderá, les distrae, les aleja de lo importante, pero ¿qué es lo importante? Sermón originario de un lugar demasiado lejano, proveniente de una distancia más que física, ni siquiera es de tiempo, tiene más que ver con ese alma que los adultos empeñaron hace tiempo a cambio de muy poco o nada, casi enmohecida o simplemente a punto de morir, recluida en un rincón al que no acercarse porque entonces podrían reconocerse en ella y por la que no serían capaces de llorar, ya no.

Pero a día de hoy esta gente más joven hace viva la ciudad, son los propietarios de estas calles y las disfrutan aunque no sean suyas por origen; da igual, las calles pertenecen a quienes saben verlas como algo importante en sus vidas, siempre en presente, siempre ofreciendo libertad, oportunidades y privilegios, ideas, alternativas o un escape en el que perderse sin sentirse agobiado ni expulsado, con quienes hablar y hasta entenderse. Las ocupan, las gastan y también las ensucian y, llegado el caso, las abandonan como a amantes ofendidas cuando decidieron mirar hacia otro lado, les fueron infieles o las dejaron en manos de otros que aparecieron de pronto para hacerlas suyas sin permiso.

 

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