Un trenecito…

Un trenecito turístico al uso -del que no recuerdo si incorporaba música ambiente- con el que ocupar y recorrer lo que una persona normal puede hacer andando y sin apenas esfuerzo, dos japonesas disfrazadas de japonesas elegantes en vacaciones consumiendo frenéticamente su tiempo hasta el último rincón y una silla de ruedas eléctrica en la que una señora de mediana edad accede allí donde no podría rodeada de amigos o conocidos dispuestos a echarle una mano con ese plus de esfuerzo y/o maniobrabilidad que el artilugio no puede vencer. Un trenecito turístico inventado para, en este caso, interceptar las estrechas calles de una pequeña y estrecha localidad junto al mar, lo que significa la casi eliminación de los pocos espacios públicos libres que dejan las terrazas y la parafernalia expuesta en los accesos a locales comerciales de todo tipo; dos japonesas con algunos desarreglos de costura persiguiendo las inacabables sugerencias de sus respectivos dispositivos electrónicos sentadas ante una carta de la que eligen al azar por asociación, curiosidad o extrañeza, o tal vez por apetito, y una silla de ruedas eléctrica inventada para facilitar a personas con problemas de movilidad -en este caso no me refiero a las personas del trenecito- el acceso a lugares considerados como derechos y que sus circunstancias físicas particulares no les permiten.

Un trenecito en el que se apretujan parejas de todo tipo, mayormente con exceso de kilos, sin ningún sentido del ridículo y sin que esa especie de transporte les sirva siquiera como experiencia; dos japonesas que hacen como que malcomen sin hambre unos alimentos que se arrugan y enfrían en los platos mientras no dejan de manipular sus teléfonos móviles y una silla de ruedas eléctrica en la que simbólicamente cabemos todos puesto que nos hemos convencido, y como tal lo exigimos, de que merecemos llegar allí donde no necesitamos ni importamos.

Un trenecito turístico pintado de blanco como culminación del entretenimiento viajero, oferta sin demanda dirigida a erráticos turistas hastiados de caminar y mirar sin ver y con tendencia a refugiarse en cualquier artefacto o lugar en el que postergar un poco más el inevitable aburrimiento; dos japonesas que se maquillan, pintan y peinan en la misma mesa en la que sus platos entristecen picoteados al azar mientras piden la cuenta y una mujer en una silla de ruedas eléctrica que conversa animadamente con sus acompañantes tras haber solventado sin esfuerzo la cuesta que accede a otra casa, otro jardín u otro rincón, como tantísimos más, de los que se venden como encantadores.

Un trenecito con el que matar el fastidio que nos abruma cuando viajamos allí donde jamás nos interesó, dos japonesas que pagan la cuenta con billetes nuevos y abandonan el local en dirección a la tienda de souvenires en busca de ídem dejando los platos medio llenos y una silla de ruedas como epítome del triunfo de la técnica sobre la geografía y la imaginación; un triunfo que nos habilita como detentadores exclusivos de derechos y reconvierte una disfunción física o psicológica personal en éxito social.

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