Otras tiendas

El interior no aparecía ni se descubría, era, pero resultaba difícil describirlo porque te venía encima nada más abrir la puerta de la calle, único acceso visible a un abigarrado espacio repleto de sombras, estanterías, percheros y expositores sin huecos o lugares vacíos; una espesa atmósfera de productos venidos de otro siglo en busca de clientes de éste anclados a hechuras y tonos de algún tiempo pasado que, probablemente para ellos, entonces también fue joven; esos mismos que ahora compran, supongo, lo de antes, luego todavía existe en algún lugar una pequeña fábrica o taller que justifica su existencia produciendo el tipo de vestimentas allí amontonadas de todas las forma posibles. Modos de mostrar y formas de apilar de las que literalmente se vertía el género hasta los recargados escaparates, de tal manera empapelados de telas y prendas que apenas dejaban pasar la luz de la calle al interior del establecimiento. Había enormes percheros rodantes de los que a duras penas podía verse algo más que la línea de una manga apretujada entre lo que parecían cientos más; y qué decir a la hora de intentar entresacar algún trapo para reparar en su forma, color o algún detalle en particular, aunque también es cierto que la parca y aburrida gama de colores que dominaba la mercadería a la venta no ofrecía mucho de lo que alegrarse, tal vez alguna sorpresa en las pilas de cajas arrimadas a un par de mostradores de madera con probablemente más historia que el dueño o dueños de aquello. Pero, claro, allí, entre tanta tela y paño faltaba algo, más bien alguien, y lo había, tres personas de pie derecho y caras de no saber o no querer fijas en la calle, bueno, en lo poco que podía verse de la luz del sol entre un caprichoso bosque de mangas, cuellos, faldas y perneras dejando esporádicos resquicios de luz por los que curiosear el trajín al otro lado de los cristales. Tres personas que, nada más entrar, nos preguntaron con la mirada qué puñetas se nos había perdido allí; un tipo mayor vestido de mayor, un tipo menos viejo pero de igual corte -parecía hijo del otro- y una joven indefinida, ignoro si porque lo era o porque las entretelas del ambiente le habían sorbido la presencia convirtiéndola en un objeto más. Quizás sorprendidos porque la puerta hubiera sido empujada de pronto, tardaron unos segundos en reaccionar a nuestra presencia sin cambiar el gesto o la posición, hasta que el tipo de menor edad, el supuesto hijo, reaccionó dirigiéndose a nosotros de esa forma zalamera con la que el verdugo se dirige al reo preguntándole si se encuentra cómodo antes de cortarle la cabeza. Ya no recuerdo qué compramos y si compramos algo, lo que no puedo olvidar es la intrigante sensación de haber estado en el interior de una película de miedo justo antes de que del rincón más oscuro salga el monstruo de turno y nos devore sin vergüenza ni piedad.

 

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