No es fácil entender que una mujer deje de valorarse a sí misma a la hora de embarcarse en una historia de amor con un hombre al que solo le interesa como medio, además de considerarla como objeto o ser inferior. Es lo que se me ocurre cuando te enteras de la decepción sufrida por alguien que compartía su vida con un hombre africano, una mujer que, de pronto, se encuentra con que lo que ella creía que era una relación perfecta -o por amor- no deja de ser un negocio acomodaticio en el que la otra parte prefiere dar largas, engañar o condescender, eufemismos de lenguaje y comportamiento masculino para lo que no deja de ser puro y simple machismo cultivado y aderezado con los signos y tradiciones de otra cultura, probablemente más retrasada en lo referente a la igualdad de género.
Confusión o problema derivado de una diferencia de conceptos o creencias, por no decir de culturas, ahora que tanto quieren parecerse unas a otras. Mientras la mujer occidental crece y vive en una sociedad en la que el amor, como poderoso e intangible sentimiento, es o suele ser el componente principal que gobierna los corazones en las relaciones de pareja, en otras culturas esas, digamos, vigencia, pureza y valor del amor no son tales, no están bien vistas o simplemente no existen, siendo las relaciones de pareja, en una elevada proporción, relaciones de dependencia, vasallaje, sumisión, etc. que poco o nada tienen que ver con el dulce motor que aparentemente mueve las nuestras. Para aderezar la cuestión creo que no hace falta recordar que las declaraciones y promesas entre enamorados se alimentan de un lenguaje plagado de términos comunes a la hora de fidelizar y hacerse creer por parte del otro, términos que, desgraciadamente, no lo dicen todo y cuesta o se olvida matizar o precisar en lo más fogoso de la contienda amorosa; promesas y palabras que en el fondo pueden llevar incorporados significados bien distintos de los que nunca se hace mención o no aparecen en una conversación entre enamorados siempre preocupados por otras cuestiones más prosaicas.
Seguramente la vigencia de ese amor tan desinteresado en la sociedad occidental resulte difícil de entender por parte de alguien que proviene, digámoslo así, de una sociedad diferente en la que la mujer viene ocupando un papel subsidiario con pocos o ningún derecho, ni siquiera a la reivindicación de una igualdad de género, cuestión que, antes de que alguien se me adelante, por aquí tampoco funciona como debiera, y lo que es peor, sigue sin ser asumida y/o entendida por muchos hombres que presumen de occidentales; una sociedad occidental que, sin ser perfecta, al menos admite una igualdad que, si como he dicho, para algunos jamás será de hecho, si es exigible y de derecho a poco que la mujer se dote de los medios necesarios para ello. Puede ser que allí de donde proviene, por ejemplo, el hombre africano algo así jamás sea posible, ni entendible o hasta humillante.
La próxima vez que vea una pareja de ese tipo me preguntaré, ¿entienden los dos de igual modo lo que en principio los une y, por estar aquí, significa el amor, su ligereza y a qué obliga? ¿en los tiempos que corren hay todavía mujeres capaces de unirse a un hombre que puede que culturalmente vivan en las antípodas en cuanto al amor?
Una última cuestión, si cuando estamos enamorados solemos poner en nuestro amor aquello que imaginamos o anhelamos y que desgraciadamente en más ocasiones de las deseadas no existe, lo que provoca posteriores confusiones y equívocos catastróficos o sin solución, sólo falta que lo hagamos con tipos que también suelen vernos como la solución a sus penurias económicas, que no culturales.