Esos hijos tan bien criados

La niña despotricaba, muy segura y convencida de sí misma y sus razones, contra ese Centro de Salud en el que siempre toca esperar un motón de tiempo antes de que el médico te atienda. Y no es que le pareciera fastidioso o simplemente mal, sino que no estaba dispuesta a aceptar, ni siquiera a tomar en consideración, la mera posibilidad de tener que acudir a aquel lugar si la enfermedad empeoraba. Era tal el convencimiento y el desprecio hacia esa sanidad -pública, como ya habrán imaginado- tan poblada de mayores y esperas que ella, en sus definitivos trece años, no había nacido para perder el tiempo de semejante modo; luego… en sus padres quedaba. Allá ellos si tenían que buscarle un médico a la hora y de qué medios disponían, o no, para hacerlo.

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