Tal vez no tenga importancia, o sí; tal vez alguien más ya se haya ocupado de ello en alguna ocasión, o no. Es muy probable que otros muchos jamás lo hayan pensado o consideren que es una estupidez supina, que esas cosas nunca se piensan y que no tienen importancia. De acuerdo en todo, pero… ¿por qué no ir un paso más allá? ¿por qué no pensar en ello como una posibilidad o un privilegio que, al igual que yo, muchísima gente nunca ha tenido la oportunidad de disfrutar?
Me explico, casualmente tropecé con un tipo con el que estuve conviviendo bastantes horas durante varios días, situación que da para hablar y contar lo que nadie sabe, o más; incluida la consiguiente ración de fotografías de allegados y gente más o menos cercana, familiares o no; imágenes en las que aparecían bastantes más mujeres que hombres. Y uno de esos días, a continuación de otro de sus comentarios o coletillas más repetida -esa de “mira que mujer más guapa”-, puntualización que venía reproduciéndose con más que relativa frecuencia a partir de una mayoría de las fotografías, caí en la cuenta de que era cierto; y ese ser cierto no era una conveniencia o mera formalidad por mi parte, o simple indiferencia. En realidad, una gran parte de las mujeres que poblaban las fotografías del tipo aquel, daba igual si se trataba de familiares directos o de imágenes obtenidas de alguna red social al uso, mayores y más jóvenes, eran bastante o muy guapas, pero no del guapo que se nos suele caer a las primeras de cambio cuando vemos a alguien que no es horroroso o alarmantemente feo, sino simplemente normal, como la mayoría de nosotros; en este caso eran mujeres hermosas y bellas, tanto en apariencia como físicamente.
Y entonces me formulé la pregunta del millón ¿cómo sería la vida -o imagino que puede ser en el caso que les cuento- rodeado de gente hermosa, de caras hermosas en las que no tienes más remedio que detenerte porque el adjetivo normal no cuadra ni es suficiente; porque es imposible o no puedes dejarlas pasar desapercibidas? Y no me refiero a esas bellezas espirituales que, dicen, subyugan voluntades, tampoco a las miradas más cautivadoras, sino a la belleza de carne y hueso; no les cuento si es posible hallar todo en el mismo lote. Imagino que habrá alguien más disfrutando de tal placer -y espero que sepa apreciarlo como se merece-, lo que, como tipo normal tirando a vulgar que soy, me hace volver a la misma pregunta, ¿cómo será ver, mirar y disfrutar, un día sí y otro también, rostros bellos y hermosos? ¿cómo afecta un placer tal, y en qué modo, al estado de ánimo propio? ¿y al espíritu? A la idea o experiencia que solemos tener de la especie humana, de nosotros mismos, como especímenes normales y sin relevancia entre normales igual de poco relevantes ¿cómo la condiciona o modifica estar rodeado veinticuatro horas al día de gente hermosa?
Supuesto somos una mayoría de feos en el mundo -también llamados con ese otro adjetivo tan exquisito, corrientes, por aquello de la educación y las buenas formas-, andamos prestos a la hora de advertir y admirar a algún semejante bello o hermoso, pero ¿y vivir entre gente hermosa como el que anda por su casa? Los hay verdaderamente afortunados, y me gusta imaginar que una vida rodeada de la alegría de tales placeres para la vista no debe ser igual al resto. No sé cómo o en qué cambiará pero, a poco que seamos humanamente observadores, no puede ser, por ejemplo, igual que la mía, entre rostros tan convencionales como anodinos… no sé.
Quienes están rodeados de personas guapas tienen que disfrutar más de la vida que los rodeados por feos o normales. Debe ser cierto.