Repitiéndonos

Como buenas repeticiones, en cuanto seres vivos y en cuanto personas, no sabemos desenvolvernos si no regresamos a unas rutinas tan básicas como el mismo alimentarse; rutinas o necesidades, tanto da, sin las cuales no podremos contarnos ni como pasado o nos hallaremos sin futuro donde situarlas y situarnos; desde que nos levantamos hasta que volvemos a la cama o dondequiera que acepten a nuestro cuerpo, apenas oscurecido o ya bien entrada la noche. Y ahora que tocan fiestas volveremos a tomarlas según nos pille, más felices que las propias fiestas o con la recámara cargada dispuestos a disparar a todo aquel que nos recuerde que estamos en fiestas, ya sea El Corte Inglés o el pesado de turno, siempre buscando un tema de conversación por aquello de no pasar inadvertido. O nos dará por ponernos a contar años que ya parecen repetidos, o sacar a relucir algún que otro recuerdo no del todo agradable que nos predisponga ante la que se avecina: años, ganas, mucha gente o ninguna, aquellos problemas que nunca se van o el dinero. Y si toca alegría y consumo, porque lo dice la Iglesia y lo publicita cada uno de los escaparates con los que nos encontramos a nuestro paso, tendremos que adaptarnos, aún a nuestro pesar, y puede que hasta se nos escape alguna sonrisa de la que no arrepentirse. Hemos vuelto a despotricar contra las luces por defecto o por exceso, por repetidas o por cutres, sin que nos importe o queramos saber si el ahorro prevaleció ante la imaginación o había que seguir rentabilizando las últimas compras, ya que las finanzas del Ayuntamiento no están para echar las campanas al vuelo; todo antes que darnos por muertos o aburridos.

Por eso, el que más y el que menos también saldrá a comer o cenar con buena o peor gana, con el grupo de costumbre o con aquellos que hace tanto que no ve y todavía no sabe si quiere volver a ver; dudando si siguen llevándose las felicitaciones, sobre todo en su grupo de siempre, que nunca fueron de los normales y criticaban sin piedad las vulgares costumbres de la gente corriente de todos los días, esos que viven sin pensar y llenan las calles por las que uno suele obligando a las repeticiones por el simple hecho de que ellos no saben ni pueden sustraerse a ellas, y hasta les gustan; los mismos de siempre haciendo las mismas cosas de siempre, principalmente porque seguimos siendo los mismos de siempre, como cada año, y como ya nos conocemos acabaremos como siempre, con copa o sin copa de más, repetidos; aunque últimamente los médicos se pasen tres pueblos en cuanto a las recomendaciones que, dicen, son por nuestro bien.

Y como buenas repeticiones dedicaremos algo de nuestro tiempo a echar un vistazo por el patio de los agoreros, otros repetidos, también, esos del permanente espíritu crítico que afirman odiar estas fiestas por los cuatro costados, por la alegría forzada, por la Lotería o por la bacanal de consumo que en realidad son; o porque toca dimitir o discutir con el inaguantable de todos los años y bajar los brazos ante las mismas tonterías e idénticos bordes redomados. Incluso seremos capaces de deambular hasta Fin de Año sin perder el honor y la compostura, participando, más o menos como de costumbre, o hartos ya de formalidades que de nuevo repetiremos, porque ¿qué sentido tiene que volvamos a quedarnos en casa si los demás ya lo saben y ni siquiera les afecta, la misma nota exótica de cada año protagonizada por el mismo crítico consecuente al que ya nadie hace ni caso? como el árbol o el cotillón.

Y qué entrañables son los bordes de siempre, los agoreros, los que presumen de conservar la llama auténtica de la realidad y juzgan al resto como borregos incapaces de salirse del rebaño y pastar por otros prados aún sin hollar; como esas inevitables eminencias, medios o grupos, entre satíricos y progresistas, encargados, por estas mismas fechas ¡qué casualidad! de meter el dedo en el ojo del personal con la excusa de que ellos sí que están alerta y su esfuerzo, tiempo y dedicación les cuesta mantenernos despiertos; nuestra conciencia más pura obligada, nunca sabremos si por las circunstancias o porque realmente les gusta el papel, a convertirse en el pepito grillo toca pelotas que volverá a recordarnos que este año tampoco han dejado de suceder más guerras y/o catástrofes en el mundo. Hasta para preservar la inteligencia hace falta repetirse, no sea que entonces la gente no sepa de nosotros, por eso de las fiestas, o no nos eche de menos y entonces nuestro papel de histrión oficial lo gane algún desaprensivo con ganas de hacerse un hueco en la conciencia común de todos los años.

Cómo nos vamos repitiendo.

 

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