Loterías

En este país y después de casi 40 años sigue siendo más importante para la población el día de la Purísima que la fecha que conmemora el aniversario de la Constitución que regula nuestra convivencia, la que algunos ya consideran obsoleta o superada -igual estos últimos entienden que lo mejor sería hacer coincidir el día de la Constitución con la Purísima para que el santo se coma definitivamente al profano, como Dios manda.

Y en este país tan tradicionalista y socarrón siempre es un valor seguro apelar al corazón del personal, a las esencias de un paisanaje que cuando les mientan los sentimientos más rancios, por ejemplo, la socorrida madre, esa que, dicen, no hay más que una, es capaz de soltar alguna lagrimita y detener el puño siempre a punto de caer, ese que nunca se cansa de repetir que las cosas son así y punto. Por eso es del todo acertado que para la pringosa publicidad del mejor recaudador de impuestos del Estado, la Lotería Nacional, hayan echado mano de una socorrida anciana que en circunstancias normales y a la vista de sus confusiones temporales -las que se muestran en el anuncio en cuestión, por otra parte, tan proclives a esa edad-, habría acabado en una residencia de la tercera edad el mismo día del conocimiento público y familiar de su desbarajuste mental y temporal.

Porque, qué mejor que apelar a ese corazón casi enyesado por un día a día que no da para muchas alegrías -quizás más lágrimas, pero de las otras- si con ello se consigue enternecer el bolsillo de tanto sacrificado sin apenas tiempo para detenerse y ayudar a quién en la calle necesita una ayuda más directa y efectiva. Ese mismo tipo serio y ajetreado, pillado a traición entre prisas y calendarios, aflojará la cartera embelesado con otra esperanza, que siempre viene a ser la misma, y colaborará voluntaria y gustosamente con la hacienda pública gastando más de lo que puede vía esos sabrosos impuestos indirectos que son para las arcas públicas los benditos sorteos.

A fin de cuentas, en un país de curas dedicados durante siglos a pregonar y vender el paraíso como forma de mentira piadosa, amén de adiestrar al personal haciéndole confundir la caridad con la justicia y, ya de paso, fomentar y bendecir la santa resignación terrenal, tiene todo el sentido del mundo vender humo mediante una mentirijilla que, seamos serios, sólo es buen corazón… ¿y quién no lo tiene en estas fechas tan especiales?

 

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