Desde la altura, pegada la nariz a la pequeña y fría ventanilla, la superficie terrestre no parece igual; cuestión más que evidente. Lo que en tierra se otea o vislumbra lejano, interminable o inalcanzable desde arriba se disfruta con la comodidad de un gran mapa del tiempo rebosante de soledad y esperanzas en forma de manchas grandes y pequeñas que uno imagina -más bien tiene la certeza- construidas y habitadas por otros ocupados en el sinfín de actividades que conforman los días. Estoy y me muevo sobre el mismo mapa físico en colores que solía curiosear intrigado cuando estudiaba geografía, el mismo pero a escala 1/1 y con otra diferencia fundamental, si uno agudiza la vista puede advertir el movimiento de aquellos que en la lejanía nos ignoran ajenos a su pequeñez e indiferentes a la observación, ya sea por nuestra parte o por la de cualquier otro ser que hipotéticamente vigilara nuestros movimientos desde el espacio.
Y precisamente es la distancia, como si de un poderoso Dios se tratara, la que nos muestra tal y como somos, que no es ni mejor ni peor; esa misma distancia que milagrosamente parece solucionar los problemas cuando uno mismo es capaz de ponerla como referencia a la hora de dilucidar lo que la ofuscación de la cercanía impide revelarse tal cual es. Puedo ver lo que parecen pequeñas ocupaciones humanas como manchas de colores pardos asfixiadas, en su aparente precariedad o austeridad, por grandes extensiones de marrones interminables rayados por caminos marcados con tiralíneas; grandes urbes tan desorganizadas como confusas o esas coquetas, coloridas y más o menos exclusivas aglomeraciones pintadas con cuadriculados marrones de sólida teja, verdes desordenados o golfos y geométricos azules clorados tan útiles durante el verano.
Montañas interminables o de las que caben en una mano, costas larguísimas y ríos en horas bajas -una cicatriz sobre el terreno, en su mayor parte polvo esperanzado en un hipotético futuro proveniente del cielo que ahora me sustenta. Y uno no tiene más remedio que reconocer el valor y la osadía de aquellos antepasados que en un momento de su vida decidieron que la tierra que les rodeaba y les había visto nacer no les bastaba, y a riesgo de sus vidas optaron por dejar lo que eran y largarse a buscar no sabían qué ni por qué, lo que en cierto modo necesitaban para aliviar la pesadez, el agobio o la estrechez que presionaba sus almas. E inmediatamente me pregunto quién debe más a quién, quienes dejaron todo atrás, incluidos sus débitos y/o responsabilidades para con los suyos, o quienes se quedaron y mantuvieron vivo el lugar hasta la vuelta del aventurero, tanto si regresaba con la cabeza gacha o con la alforja repleta de bienes y objetos maravillosos y desconocidos.
Te sumerges entre nubes y sus regularidades físicas, recurrencias que probablemente también espolearon la imaginación de aquellos más habituados a observar desde abajo, insistencia que les llevó a suponer que esas formaciones tan particulares obedecían a algún patrón divino o terrenal que las obligaba a conformarse de esos modos repetidos según las estaciones y horas del día. Un no parar de mirar de pronto sorprendido por otro avión que, un poco más bajo que el avión que nos lleva, pasa en sentido contrario sin que casi me dé tiempo a verlo. Muy, muy deprisa con respecto al lugar, también en movimiento, donde me encuentro y en el que, sin embargo, parezco moverme con aparente lentitud. Lo mismo habrán pensado los ocupantes del otro avión, que nuestra velocidad con respecto a ellos era enorme; de nuevo esa física que estudié hace tiempo y en la que aún escudriño como si fuera la primera vez, la misma que me llevó a la certeza de que la percepción de mi situación -tanto física como espiritual- con respecto al resto de los objetos y personas que me rodean no es única ni exclusiva. No se trata de esa estúpida simpleza del todo es relativo que contenta a quienes nada saben y gustan aparentar a la baja para justificar su ignorancia, sino la obviedad de las posibilidades y/o existencia de tantos y tantos mundos que ni siquiera entiendo cómo se nos ha podido ocurrir creernos y pensarnos el centro de algún otro que no sea el propio.