Frustración

Veinte años sólo se tienen una vez y lo mejor es hacer todo lo posible por disfrutarlos y pasártelo bien. Fin de la conversación.

No encuentro mucho más que decir y he de reconocer que tras la pequeña charla no me queda una buena impresión, lo que en cierto modo explica esa intuición o presagio inicial de casi saber que el esfuerzo de sentarse frente a mí para intercambiar ese par de frases más allá de las intrascendencias corrientes era todo lo que podía conseguir; una breve interrupción del ajetreado ir y venir que promueve la edad. Queda el gesto compartido, el resto, la hipotética o imposible conversación, las opiniones, las coincidencias y las diferencias -mayores o menores- son circunstancias que surgen y se evaporan pero que no significan mucho más; los puntos de partida, el mío incluido, obedecen a formas de pensar y estereotipos obligados provenientes de mundos distintos. Él y yo habitamos en esferas independientes, luego no hay otra posibilidad de entendimiento que la simple constatación de la imposibilidad de coincidir en otra cosa que no sea en la distancia que nos separa. Se ritualiza una conversación joven/adulto, se lleva a buen puerto mediante un diálogo de sordos, sin una voz más alta que otra ni salidas de tono, y después cada cual sigue por su lado, cada uno en su razón -la que obligan las cuestiones generacionales- pero al parecer insensibles al mutuo reconocimiento como individuos pertenecientes a una misma sociedad.

El mundo a los veinte años es disfrutar y divertirse. El implacable y falsamente vitalista giro de tuerca de que veinte años sólo se tienen una vez en la vida y hay que disfrutarlos es lo bueno y tremendamente malo del caso. Porque mi joven interlocutor está completamente convencido de que lo demás no merece la pena; el futuro es tan oscuro que es preferible no pensar en él, ni siquiera para situar proyectos a corto o largo plazo; durante la inexistente conversación asentirá dando a entender que sabe de lo que estás hablando y lo que quieres decir pero en el fondo sigue convencido de lo que no deja de ser otro sermón de un adulto que viene de otro mundo. También dice saber que hay quienes aún piensan que la posibilidad del esfuerzo y el estudio son viables, sirven para algo más que para malgastar el tiempo, pero son los menos.

Moralmente no puedo hablarle de otro futuro que no sea el que él tiene delante, así que mi discurso, perorata o como sea que lo califique nace muerto, lo que me procura la frustrante impresión de haber perdido la capacidad de convencer, sobre todo a quien día tras día está viendo lo contrario de lo que le voy a decir.

La manipulación por parte de esta sociedad de la gente joven es voraz e inagotable, la diversión y el consumo se imponen por encima del resto como únicas y exclusivas formas de ser. Convencidos de partida de la imposibilidad e inutilidad de acceder a unos estudios o un aprendizaje largo y tedioso que amargará la vida y consumirá de mala manera los años sin la esperanza de un final reparador o que merezca la pena es mejor rendirse e intentar disfrutar.

No vale decir que si esta situación fuera real pondría los pelos de punta porque es real.

 

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