Ningunear

En un espacio de apenas seis metros cuadrados cerrado por una barra rectangular, con tan sólo un acceso por uno de los laterales, cinco jóvenes iban y venían parcos en ademanes y con aspecto preocupado, a primera vista estaban trabajando, pero esto último no implica necesariamente que parezca que te han metido un palo por el culo, además de no ser conveniente para la salud física y mental de los implicados. Lo curioso del caso era que su supuesto y concienzudo entusiasmo no estaba motivado por una numerosa clientela expectante o inquieta ante la demora de sus futuras consumiciones, en la barra apenas se asomaban tres parejas, dos tipos y dos copas de vino de cara a la puerta principal fiscalizando la entrada de cualquier material femenino mínimamente potable con vistas a las posibilidades de la noche; todo estaba por hacer. Las otras dos parejas, él y ella y él y ella, en un lateral del rectángulo, juntas pero no revueltas, toleraban el aburrimiento de la obligada salida nocturna pendientes también de la puerta; contado todo lo contable, buscaban quien les hiciera el favor de proporcionarles entretenimiento antes de dar por finalizada, tal y como estaban sus copas, la noche recién empezada; aguardaban pacientes un alma o almas caritativas deseosas de ofrecerles un tema de conversación, algo fácil y que por esos lugares suele ser el recurrente y socorrido aspecto o pinta del nuevo y su adecuación al glamour del local; el ansiado y desafortunado ridículo de esos despistados -nosotros- que suelen confundir eso de salir por la noche con entrometerse en lugares chic que la gente guapa es renuente a compartir con normales, advenedizos o catetos (supongo que en alguno de estos apartados entraríamos nosotros). Aunque, a decir verdad, estos despistados de tan poco lustre que en más ocasiones de las deseadas se equivocan de puerta suelen dar mucho juego a la hora de entretener el tiempo de una clientela homologada que, sin ellos y las consiguientes y necesarias críticas más que sardónicas que provocan, se aburriría como ostras en su dramática y vacía estupidez; y, en cualquier caso, estos primos no dejan de ser una forzosa salvación in extremis que acaba solucionando la velada para cachondeo general y salvación de un exigente pedigrí a costa de tantas y tantas horas muertas adquirido. Como me decía uno de mis frugales acompañantes, aquel local parecía muy cool; «palabro» que, me temo, él mismo no terminaba de entender y sobre el que no le pedí ninguna comprometida explicación.

El caso era que llevábamos ya un rato charlando en aquella barra y nadie nos hacía ni puñetero caso, los camareros ni siquiera levantaban la cabeza, no fuera que intentáramos requerir sus servicios solicitándoles alguna consumición que les sacara de su simiesca y puntillosa abstracción laboral. Tres de ellos iban y venían sin nada a la vista en las manos, luego uno debía imaginar que sus traslaciones laborales tendrían que ver con un imperioso correveidile relacionado con aquel exclusivo reducto comercial, la barra permanecía igual y nadie parecía requerir sus servicios en las inmediaciones, aunque probablemente me equivocara. Otro más, elegantemente ennegrecido amén de tremendamente concentrado o cabreado, trajinaba bajo la barra con copas, hielos y algo parecido a semillas o brotes secos intentado elaborar -supuse- algunos de esos gin-tonics tan de moda en los que sabores y olores ajenos a la combinación original se empeñan, según caprichosas tendencias de ignoto origen, en maltratar y diluir lo que debería ser una correcta mezcla de ginebra, tónica fría y un toque de limón; es menester recordar que sin esta simpleza jamás puede existir «la copa», aunque últimamente no parece suceder así, no hay copa si no se descubren todo tipo de hierbajos flotando en la superficie. Había un quinto tipo armado de cuchillo y plantado ante dos jamones que formaban los lados de un ángulo agudo cuyo vértice ocupaba un plato que, a juzgar por el proceso en juego, nunca sería llenado; el señor del jamón, también pulcramente ennegrecido con el atuendo oficial, se mostraba más preocupado en saludar por encima de los perniles a cercanos y conocidos, amigos o clientes con los que charlaba sonriente aliñando con babas y salpicazos los cortes de sendos restos gorriniles para regodeo y mayor sabor del futuro o futuros platos de jamón tan sabrosos como nutritivos.

Y nosotros seguíamos allí, aguardando y al parecer sin ser vistos, todavía, a menos de un metro de aquel trajín de moda, el hazmerreír de la barra y la comidilla de las tres parejas ahora dedicadas en cuerpo y alma a repasarnos descaradamente arriba abajo, nada de por encima del hombro, con justo y severo ojo crítico. Evidentemente nos habíamos equivocado de lugar y nuestro aspecto de tipos normales refractarios a las noches al uso por allí nos delataba. Deberíamos tener unas pintas infames para que aquellos elegidos por las tendencias más “in” de la noche madrileña nos miraran sin ni siquiera fingida conmiseración y sin advertirnos de nuestro error; definitivamente aquel no era nuestro lugar, necesitábamos tal vez algo más corriente, más cateto, menos distinguido, además de que tan ínclita casta laboral no podía desperdiciar su tiempo con nuestros incautos deseos de comenzar una buena noche echándonos algo al gollete en un sitio de moda.

Así que, convencidos de nuestra sorprendente e inopinada inexistencia nocturna, despreciados sin palabras por tanta gente guapa, en definitiva, ninguneados por un local y una clientela que no nos merecíamos, nos dimos la vuelta y cambiamos de reposadero. En su favor tengo que decir que gracias a ello tuve tiempo para repasar el pelaje general del local y apuntar estas letras.

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