Mendigos

En el televisor volvían a aparecer unos descerebrados holandeses en Madrid riendo y mofándose de unos mendigos a los que arrojaban monedas para que hicieran algunos actos humillantes para risas y regodeos del respetable y ellos mismos, unas escenas que por sí solas provocarían en cualquier persona normal eso que por aquí solemos llamar vergüenza ajena -amén de algunas otras cosas más que prefiero no decir por simple respeto-; pero lo que no imaginaba era lo que podía venir después. Todos hemos oído en alguna ocasión que la vida real supera a veces a la ficción, y lo que sucedió a continuación me sigue pareciendo algo de esto último. Y fue que uno de los tipos de los que había sentados por allí, fijo en la pantalla, no tuvo ningún empacho en afirmar en voz alta que más allá de las risas y bromas y supuesta humillación que los desvergonzados holandeses infligían a aquellas personas lo verdaderamente importante era que los mendigos al final se quedaron con el dinero. Lo leen como yo mismo lo oí. La cuestión era que al margen de las bromas, el desprecio o la humillación sufrida en público -¡ojo! que no están del todo bien; hay que protegerse ante posibles sospechas- lo importante de toda aquella situación era que el dinero iba a parar al bolsillo de los mendigos; y una actuación similar repetida varias veces al día en el mismo o en diferentes lugares podía convertirse en un suculento negocio que proporcionaría pingues beneficios. Porque -hay más- allí donde se veían unos simples mendigos es más que probable que también hubiera unos tipos taimados y calculadores capaces de hacer lo que fuera por ganar unos euros y enriquecerse a costa de los demás; y el individuo que seguía hablando también afirmaba que probablemente alguno de aquellos que se arrastraba por el suelo medio en broma dispondría de una saneada cuenta bancaria que engordaba con ese inocente no hacer nada diario. Más, también cabía la posibilidad de que aquellas personas hubieran decidido vivir de ese modo porque les salía rentable y, rizando el rizo, algunas hasta cobrarían las ayudas familiares que concede el gobierno, con lo cual el montante final de sus ingresos podía ser más que importante; y hasta podrían ser inmigrantes. Es cierto que entonces recordé la noticia de unos días atrás referida a los usos y hábitos del riquísimo propietario de IKEA, un tipo al parecer bastante austero que apenas sale y consume marcas blancas y baratas, llevando una economía diaria casi de subsistencia con la que, por lo visto, uno puede convertirse en el mayor vendedor mundial de muebles. Debo reconocer que como calculado proyecto exclusivamente económico a largo plazo tal vez pueda ser factible, aunque si uno acaba pensando, aceptando y entendiendo ese tipo de mezquinos razonamientos el orgullo de la especie humana tiene los días contados. También es cierto que puede ser una memez suponer que a una mayoría de las personas les enorgullece pertenecer a la especie humana. Habrá que empezar a revisar el concepto «humano».

 

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