Atavismos (1)

La entrada referida al proyecto educativo de la tauromaquia también podría haberse titulado de este otro modo: atavismos, esos comportamientos que fomentan e intentan mantener vigentes ideas y formas de pensar y vivir propias de nuestros antepasados, es decir, de otros tiempos; también hábitos, costumbres y, como gustan llamarlas algunos para concederles cierto peso o importancia, tradiciones. Hechos y situaciones en posesión de un precario sello de intocables sobre las que suele estar mal visto hablar en contra o directamente prohibido, así como cuestionar o criticar, dando por hecho que con ello se intenta afear o dudar de una supuesta popularidad o raigambre con la que aún cuentan entre la población. En general, los supuestos defensores o valedores intentan con ello hacerlas pasar como actuales por derecho propio, cuando sólo son restos de procedimientos, conductas y actuaciones más bien rancias y desfasadas cada vez más difíciles de justificar en un presente en el que se acabara abriendo paso un franco vacío social que hará más y más difícil la búsqueda de apoyos o el lugar y pertinencia de una mínima justificación. Celebraciones, situaciones, efemérides, ocupaciones y representaciones que, con más o menos ruido, tienen su muerte o desaparición prescrita de antemano; mientras, se mantienen y van pasando al mismo tiempo que muriendo poco a poco, como el número de sus favorecedores, número que irá disminuyendo hasta que llegue el tiempo en el que nadie hable sobre ellas o pregunte sorprendido por qué simplemente ya no están. Hasta entonces aguantaran cogidas por los pelos al calor de unos pocos y cada vez más descolocados defensores con los que será mejor no discutir por no meterse directamente en problemas injustificados o directamente sin sentido, minorías cada vez más aisladas que intentarán contra natura la pervivencia y mantenimiento de sus añejas aficiones antes que reconocer el destino al que inevitablemente están abocadas, su vencimiento y extinción, sencillamente porque los tiempos y las generaciones cambian y con ellas sus amores y dedicaciones. El toreo es uno de esos atavismos, y otro que últimamente aparece con demasiada frecuencia en las páginas de las noticias es la caza como placer.

Ya el fallecido Miguel Delibes tuvo en vida los consiguientes problemas a la hora de hacer entender a muchos de sus lectores los supuestos valores de la caza, a la que era un gran aficionado amén de antiguo practicante; ni siquiera echando mano de un particular amor a la naturaleza propiciado por las solitarias y prolongadas estancias en plena campiña sirviéndose de lo mínimo para mantenerse despierto y a punto lograba su objetivo; o intentando hacer partícipes a los lectores del saludable ejercicio que proporcionaban las largas caminatas en busca de piezas. Hablaba de ese sabor especial de sentirse fiel y testigo especial del largo camino del sol completando su recorrido diario, desde su espléndida salida hasta que alcanzaba el ocaso, o cómo el aire y los aromas de un mismo día van cambiando e impregnando el alma del hombre solitario; o las mil sensaciones sentidas a flor de piel tan difíciles de transmitir a quienes nunca han disfrutado de la naturaleza desde la más íntima humildad. Cómo a partir de la incierta o experta búsqueda y rastreo de la pieza, del conocimiento y predicción de sus hábitos se llegaba al reconocimiento y admiración de la misma vida abriéndose camino; del respeto y el valor de la pieza no como mero trofeo sino como parte crucial de un exclusivo nicho natural que el hombre interrumpía y profanaba de manera mortal provisto de una cada vez más efectiva y moderna tecnología. Porque el objetivo último que mueve al cazador, incluso en su sincero amor hacia la naturaleza, a su ancestral sabiduría y al respeto al que obliga a sus hijos, es la muerte violenta.

Si hay que aprender a amar la naturaleza teniendo a la muerte como fin último de nuestra aproximación a ella existe de partida un error de bulto al que tal vez no queremos enfrentamos, prefiriendo rodear y justificarlo y con él a nosotros mismos incapaces de resolver los dilemas y las evidentes contradicciones que generan nuestros propios actos.

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