Dios

El portero del Real Madrid paró el penalti y con gesto desafiante levantó el brazo al cielo gritando con cara de mala hostia: “gracias Dios”. Un tuteante agradecimiento que, en directo y a palo seco, me pareció escalofriante, un gesto jactancioso y pendenciero capaz de poner los pelos de punta al más pintado. Luego explicó a un periodista semianalfabeto que paró el penalti gracias a Dios, porque Dios siempre está con él. Imagino que todavía habrá quien piense que sólo son formas de hablar; pero dejémonos de suposiciones y frases hechas, visto y oído ese señor se cree en posesión exclusiva de un Dios personal y partidista, un ser parcial y competitivo que colabora activamente en ayudarle a ganar -y consiguientemente a su equipo-, o al menos a no perder. Desgraciadamente hay convicciones más fuertes que la voluntad de las personas. Claro, según esa férrea y obtusa forma de ver las cosas al señor portero le importaba una higa que al jugador que lanzó el penalti también se le hubiera ocurrido pedirle a Dios -¡¡al mismo Dios!!- que le ayudara a meter el balón entre los tres palos, ni se le pasó por la cabeza; estos tipos están convencidos de que la vida en este mundo es una gigantesca competición en la que el que más reza más consigue. Antiguamente se mataba con la misma convicción y fiereza por ese mismo Dios. Porque, de partida y más allá de cualquier razonamiento, el señor que tira el penalti es su enemigo, el contrario, alguien que no tiene cabida ni en su fe ni en su Dios, luego jamás podrá ser ayudado, porque él está antes, o es diferente, o se esfuerza más, tiene más fe y su Dios… ¡cómo van a tener el mismo Dios si a él le hace parar el penalti y al otro fallarlo! Pero dicen que Dios hay sólo uno y su palabra predica que todos somos hermanos y hemos de convivir en armonía y buena voluntad… pero a la hora de los penaltis las cosas cambian… en fin, un lio.

El caso es que puestos a creer en ese Dios tan particular nunca sabremos qué le hizo decantarse por el portero, tal vez que éste rezó y lo pidió con más fuerza y firmeza que el otro, o quizás es que puso en el lance pelotero más fe que el delantero; porque lo del jamón no viene al caso.

Esos tipos tan serios, arrogantes y bravucones a la hora de hablar de Dios, casi hasta para ir a mear, dan miedo. Cuando se expresan de ese modo parecen máscaras incapaces de sonreír y uno tiene la sensación de que no son ellos quienes hablan, su rostro se vuelve inexpresivo y sin luz, tal que estatuas profiriendo sentencias manipuladas o dirigidas desde un subconsciente inhumano al que parece imposible llegar o sentir cercano -ese Dios-; su fe en SU Dios está por encima de los demás y cuesta creer que alcancen a concebir un Dios universal en común con otras personas.

Pero no puedo olvidar ese clamar al cielo con mirada de killer, me produce escalofríos; imaginen las cosas de las que puede ser capaz una persona si le da por autoconvencerse de que Dios está permanentemente a su lado obnubilándole la razón y haciendo de su vida un permanente desafío en el que los demás aparecen como enemigos. Es aquello de quien no está conmigo está contra mí; de ahí a la violenta cerrazón de los miembros del Estado islámico sólo hay un paso… ¡bendita Ilustración!

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