Vuelvo a tropezar con cosas y situaciones que conozco de oídas o veo de lejos y me pillan en las antípodas de mi día a día, y aunque puedo saber de ellas por amigos, conocidos o por casualidad no dejo de sorprenderme cuando me alcanzan sentado a o traición, es decir, dejo por cualquier circunstancia de hacer lo que estaba haciendo y me doy de bruces con ello. El tema es más curioso que importante; afortunadamente el mundo todavía resulta demasiado grande para llegar a todos sitios. He permanecido sentado por primera vez en esas horas de la siesta en las que el cuerpo no está para muchos trotes ante un capítulo de una telenovela que emite La 1, Acacias 38, creo que se titula, y ha sido como asistir en primera persona a una radionovela de las que, durante mi infancia, mantenían la tarde de mi madre y vecinas mientras cosían o trajinaban con las cuestiones del hogar. Aunque, claro, ellas podían hacer otras cosas mientras escuchaban la radio, pero en este caso la atención ha de ser completa, ya que las imágenes y la forma en la que están grabadas las supuestas escenas intentan no dar lugar a momentos en blanco en los que escaparse o andarse por las ramas. Sinceramente y tal vez pecando de pedante creía que esto quedaba muy atrás, que en los tiempos que corren ese tipo de programas con buenos y malos de escuela de primaria y escenografía básica de cartón-piedra estaban superados. Vuelta a la realidad. Por lo visto todavía hay personas capaces de gastar su tiempo atrapadas en tramas tan elementales, tal que las radionovelas de hace cincuenta años o los folletines semanales de hace cien o doscientos.
Mientras permanecía ante de la pantalla me preguntaba por qué esos personajes emocionalmente básicos me recordaban a las pintadas que los chavales que todavía no han llegado a la veintena suelen plantar en paredes y suelos, cosas como “tus besos pueden cambiar el eje de la tierra” o “es un regalo de la vida saber que alguien te quiere”. Pero mi pregunta tiene una fácil respuesta, aunque los tiempos parecen haber cambiado las personas seguimos hechas de la misma pasta, son idénticas las sensaciones y las mismas formas de expresarlas, hoy igual que hace cincuenta o cien años -que es la época por la que parece moverse la telenovela-; y si los chavales actuales, nuestro futuro más próximo, se expresan de ese modo es normal que esa televisión siga enganchando a la gente.
Otra cuestión es el trasfondo que colorea la serie, más difícil de captar y asumir por sus fieles seguidores y más importante para otros menesteres que tienen que ver con que nada cambie, es decir, que socialmente las cosas sigan en la actualidad como entonces, que es lo que en realidad sucede a pesar de tantos que consideran que con internet y el teléfono móvil es suficiente, además de creer que gracias a ello somos más modernos y, cosa mucha más difícil, más inteligentes.
En la serie persiste el como Dios manda, tal y como todavía sucede hoy en la mayoría de las cosas -de lo contrario nadie la vería-; los mismos ricos huecos y desdeñosos y pobres mezquinos, bonachones y resignados; los hombres adoptando comportamientos masculinos básicos y las mujeres apareciendo tan sumisas e inoperantes como en la actualidad. Luego estamos donde estábamos. Y si no se lo creen pueden consultar cualquier encuesta de las que pululan en internet sobre cómo piensa y se comporta la gente más joven.