Si se lee y escucha a quienes saben mucho más que uno pueden pasar dos cosas, que se confirmen los propios errores, generalmente debidos al desconocimiento y a los juicios precipitados o en caliente, con lo que hay que volver a decirse que es mejor pensar dos veces las cosas o permanecer callado si no se sabe de lo que se está hablando o, en cambio, que se ratifiquen los peores presagios que nuestro corto entender barruntaba pero no podía confirmar entre tanta alarma y falsa información siempre interesada. Ahora que parece que el problema griego ha pasado a segundo plano -no aparece en las primeras páginas de la prensa ni en los sumarios de los informativos televisados, con lo que muchos respirarán más aliviados porque los helenos van a seguir pagando y nosotros, igual de pobres que ellos, dejaremos de sentirnos comparativa e injustamente tratados y al mismo tiempo orgullosos por aparentar más ricos y no necesitar ningún rescate público- una información más amplia y certera viene desgraciadamente a confirmar los temores de entonces, que detrás de aquellas tensas y ajetreadas semanas no había ningún interés político o económico que no fuera el de dar una lección a un país que se creyó con el derecho a pedir en los organismos europeos lo que la población había decidido en las urnas. Si los jefes de la Unión Europea permitían que unas simples elecciones nacionales cambiaran un gobierno colaboracionista y corrupto por otro que intentaría, siempre dentro de la Unión, hacer posible que la gente sufriera menos en su día a día modificando a la larga las condiciones económicas nacionales y de ese modo poder respirar, ello podía significar que cualquier otro país, vía elecciones democráticas, podría decidir lo mismo, lo que obligaría, si aquello se extendía, a corregir el actual y absurdo escenario económico para hacer una política dirigida a la población.
No hay cómo leer y escuchar cómo fue tratado el nuevo gobierno griego, el desprecio, las constantes muestras de humillación y la negación tajante y sistemática de cualquier alternativa posible, que las había, con tal de imponer una única voluntad -en este caso la alemana- y, sobre todo, no permitir que, como dije antes, ningún otro país pudiera pensar que unas elecciones son el medio adecuado para modificar las actuales condiciones económicas. ¿Les suena aquello del chivo expiatorio?
Sinceramente, no sé a quién puede interesarle pertenecer o votar a unos tipos que se largan a Bruselas a jubilarse en la política en una Unión Europea que desprecia a sus propios habitantes.