Como suelen decir algunos cronistas deportivos, tan dados a las ampulosidades y a la retórica vacía, la pasada final de la Copa del Rey de fútbol ya es historia. Atrás quedaron las esperanzas y sueños de miles de aficionados tercos a la hora de reconocer la realidad más palmaria. Futbolísticamente hablando ganó el mejor porque, tanto sobre el papel como en el escenario futbolero más simple, el Barcelona está a años luz de un Bilbao que, como es vergonzosamente habitual, ha de conformarse con aquella ridícula honra de la mejor afición, la gran deportividad, la fidelidad a la tradición y otras zarandajas por el estilo aptas para conformar a tipos con el punto de vista desviado. El fútbol moderno hace tiempo que desechó tales discursos, y los que deseen conformarse o convencerse con ellos no dejan de ser nostálgicos que viven de espaldas al presente. Hoy en día el Bilbao como concepto futbolístico es una antigualla que únicamente sirve para contentar a una directiva decimonónica atascada en una fantasía nacionalista que, también, se mueve por intereses económicos -lo del etnocentrismo sobre el origen no deja de ser un recurso sin fuelle; si pudieran nacionalizarían a todo aquel que se dejara, no habría problema en encorsetar a cualquiera en un árbol genealógico envidia del mismísimo Sabino Arana. Tan íntegras intenciones y tanta pureza de sangre no pueden competir con una realidad deportiva y competitiva a escala mundial que desechó hace años principios absurdos y casi fascistas.
Y, cómo no, está la cuestión del himno nacional del país que organiza la citada competición, nuevamente pitado por una multitud de catetos que pretendían reivindicar con ello derechos y tradiciones inventadas por otros más espabilados. Ignoro cuántos de aquellos conocerían el significado de la palabra respeto. Ya lo decía Bartra, un jugador del Barcelona, en una entrevista de prensa, a muchos de los que les divierte o consideran libertad de expresión pitar al himno nacional español les molestaría -incluso llegarían a las manos- que otros pitaran o se cachondearan cuando suena Els Segadors. Lo mismo vale para los auténticos vascos. Toda esta palabrería no tiene pies ni cabeza porque afortunadamente y desde hace ya muchos años vivimos en democracia, lo que quiere decir que cada cual puede expresarse como guste y las elecciones así lo muestran, aunque para algunos o muchos retrasados con sueños dictatoriales no parece ser suficiente, desconocen que la libertad se basa en el respeto. Ya no hay lugar para opresiones ni violencias más o menos contenidas, la dictadura quedó muy atrás, pero desgraciadamente hoy las formas totalitarias son exhibidas cada día por aquellos en posesión de un artrítico pensamiento monotemático, incapaces de entender y aceptar que otros puedan pensar distinto. Como dije antes, eso también tiene un nombre: fascismo.
Lo da la tierra, y en este caso bastaba con observar los rostros del señor Más y los gerifaltes vascos sonriendo de espaldas al Rey, como los traidores, escudados en la chusma mientras sonaba el himno. Cuesta entender tan mezquinos comportamientos, no tanto cuando se dan en tipos cínicos y tramposos que sobreviven gracias al enfrentamiento; dudo que sepan hacer algo útil para los demás al margen de esa especie de política de rencores y permanente desafío cuartelero. Sin nobleza de espíritu jamás puede haber honradez política, como tampoco una mayoría iletrada y gregaria puede otorgarse ningún tipo de razón, sólo la de actuar como otro peón más que será gustosamente sacrificado a las primeras de cambio en una guerra que no van con ella.
Monárquicos, republicanos y otras hierbas deberían respetar como mínimo esta mínima democracia capaz de acogerlos en mutua convivencia, porque afortunadamente hoy tenemos un país en el que se puede vivir sin llegar a las manos, pero desgraciadamente la irrespetuosidad y el fanatismo ibérico son unos rasgos demasiado comunes, cualidades que ya se encarga de mantener y fomentar una mezquina clase política en colaboración con una prensa servil y sin criterios de veracidad. Además, si la Copa del Rey trae consigo problemas de identidad para catalanes y vascos la solución es muy sencilla, que no la jueguen, pero eso no podría ser, la codicia de los mezquinos no lo permitiría, tendrían que disfrazarla de público e histórico ultraje, tal y como hacía el dictador.