La vida

Para Macarena, con mis más sinceras disculpas.

El tiempo de elecciones es bueno para volver a hablar de política, ese tema tan denostado que a casi nadie suele importar o simplemente se desprecia, aunque parece ser que nadie entiende de política, curiosa circunstancia, habiendo como hay tantos ignorantes en cuestiones políticas dedicados a afirmar con vehemencia, que no opinar, y a asegurar de forma categórica que el mundo y la política, o al revés, son inaccesibles e irreversibles tal cual los conocemos, o sea, ya no tienen remedio, así que ¿para qué molestarnos en hacer algo o intentar cambiar las cosas? Aceite perdido. Esa especie de sabiduría de cateto voluntario está más extendida de lo que uno pudiera desear, sobre todo porque a cada cual le gusta pensar que el mundo empieza y acaba en uno mismo, una forma como otra cualquiera de justificar la propia posición y así evitarse sinsabores y malas sensaciones; no se pudo o puede hacer más, un patético homenaje al que me quede como estoy que tiene que ver más con el aburrimiento y la pereza propias que con el mundo y los demás. Pues bien, a lo que iba, por estas fechas las conversaciones y/o discusiones políticas se dan con más facilidad porque el tema, digamos, está en el aire, siendo imposible permanecer al margen cuando alguien hace un comentario que pretende ser intrascendente sobre una noticia o un programa televisivo. El problema, el otro problema, es que por aquí no estamos muy habituados a hablar de política, a intercambiar opiniones o pareceres o explicar y justificar los nuestros ante alguien que no piense como nosotros; unos y otros tendemos a creernos enemigos políticos antes que ciudadanos de un mismo país, lo que significa que una hipotética conversación política debe acabar por aplastamiento del otro antes de que comience, para lo cual vienen bien las voces, los insultos de salida y un cierre completo del sentido del oído con tal de evitar posibles contaminaciones o cambios de opinión ante explicaciones sensatas o razonadas; porque lo mío va a misa -ya salió. En una de las últimas discusiones en la que me vi envuelto llegó un momento en el que ninguno de los que estábamos allí sabíamos o intentábamos saber de qué estaban hablando los otros -nuevamente volví a entrar al trapo a las primeras de cambio y para cuando advertí mi error ya era imposible dar marcha atrás, sólo me quedaba alzar más la voz e intentar reconducir la conversación de manera sensata buscando algún punto común, aunque, tal y como pueden imaginar, me fue imposible conseguirlo.

No sé si es necesario recordar que en la mayoría de las discusiones políticas que se dan por estos pagos, también en esta, las bases parecen estar establecidas de antemano, es decir: la política es una mierda, absolutamente todos los políticos son unos sinvergüenzas, quien pretenda meterse en política lo mismo y eso de las elecciones un montaje para que las cosas sigan como están. Con estos mimbres todo queda dicho y bien atado de antemano, luego hablar es perder el tiempo -mejor beber- y ganas de liarla. Aun así, en un hueco de la no conversación a la que me estoy refiriendo pude hacer una pregunta que pretendía crucial-¡milagro!-, entonces ¿para qué votamos? ¿quién y cómo se dirige o gobierna esto que llamamos nuestra sociedad? La vida -fue la respuesta. Imaginen cómo me quedé. En mis años, incluidos los de estudio, he aprendido muchas cosas sobre la vida, pero, que recuerde, nada de la vida como órgano o ente organizador, regidor y dispositivo de poder; ni entonces ni ahora he sabido encontrar una manifestación física o metafísica denominada vida con capacidad para ejercer con mano férrea un poder capaz de gobernar el destino de las personas por encima y/o  al margen de ellas. Pero ¿qué es la vida? -intenté apuntillar. No hubo mucho más. Pues eso… cómo son las cosas… que por mucho que lo intentemos nunca vamos a conseguir nada… ha sido así siempre… la gente que se mete en política es para robar… no hay nadie bueno… esto de discutir, como las elecciones, no sirve para nada… etc. etc.

La no conversación se fue diluyendo en una torpe irrelevancia, tan sólo balbuceos que nada decían intentando recuperar lo que ya era irrecuperable; algunos pretextos mal esbozados, reconocimiento de los posibles errores, intentos tardíos de rectificación y el tiempo que venía a apaciguar lo que nunca llegó a ser. Quedaba la vida como único punto común extrañamente inexplicado o inexplicable.

Luego, de vuelta a casa, iba pensando en esa vida tirana que nos lleva, no sé si sabiamente o como le da la gana, y ante la que nada podemos porque es imposible modificarla o alterar sus caprichosos designios. También caí en la cuenta de que esa vida era una buena excusa para justificar una inactividad bastante haragana que asume como inevitable el papel que cada cual acaba ocupando convertido en cómodo hábito; simplificando, porque nos ha tocado, dejemos de quebrarnos la cabeza. Un más vale lo malo conocido autista -algunos se conforman con tan poco y tan malo- desde el que dedicarse a juzgar con falsa suficiencia y bastante desprecio a todo aquel que al parecer no entiende eso de la vida del mismo modo y, en cambio, se esfuerza por la suya como cree, sabe o puede; pero esos siempre hacen trampa porque intentan, buscan, trabajan y nunca se dan por vencidos, aunque bastantes de ellos logren lo que para aquellos de la vida no deja de ser la enésima variante de la misma y generalizada corruptela.

Esta entrada fue publicada en Política. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario