Elecciones

Ya han pasado cuatro años y para muchos no estamos mejor, todo lo contrario, aunque eso de estar mejor o peor no deja de ser una cuestión bastante particular o caprichosa que no todos comparten, a algunos quizás les ha ido bien y no tienen por qué quejarse, siempre y cuando hablemos del pueblo y no de los míos, hablemos de lo que hemos ganado todos y no de inverosímiles venganzas pendientes o de los que han tenido que largarse y fastidiarse, expulsados de dónde antes hacían y deshacían a su antojo. Se oye que el actual gobierno municipal popular -un eufemismo de bastante mal gusto- regresa con más de lo mismo, o sea, nada nuevo, neoliberalismo de barbecho a la orden; en principio ya no hay qué deshacer o a quién botar, de pronto hay dinero y el pueblo se parchea de cualquier modo, dando con ello a entender que la gente suele caer en un flagrante estado de imbecilidad que conlleva una acusada pérdida de memoria cuando llegan las elecciones, y por lo tanto es incapaz de hacer comparaciones. Solucionado el problema de quién se quedaba con el agua -el pueblo, como hasta ahora, o los Botín-, tarea para la cual los actuales descendientes del franquismo facturaron o inventaron un concejal venido de quién sabe dónde que una vez llevado a cabo el cometido para el que fue designado hizo mutis por el foro sin que a ninguno de sus correligionarios se le cayera la cara de vergüenza, el purgatorio. Para esta especie de derecha reinona no hay capacidad para más, su programa de poder simplemente es estar ahí gracias a Dios, brazo político de un catolicismo ultraortodoxo y antidemocrático que todavía reza a una única forma de ver el mundo, estrecha y pertinaz, intolerante y cargada de pías reconvenciones, vírgenes y novenas e incapaz de aceptar o compartir la plaza pública con otro dios que no sea el suyo; una arcaica perorata que con una mano sermonea sin parar mientras que con la otra mano aprieta, persigue y destierra a cualquier otro que no vea el mundo como ellos; lo del laicismo y el respeto a los demás no cabe en su pacato programa de confesionario.

Frente a los actuales mandamases, esos señores de una sola y rancia tecla, continúan al acecho los que antes llevaron las riendas del Consistorio, descendientes de antiguos socialistas representando a un grupo con mil caras que en sus largos años de desgaste de mobiliario optaron por la desafortunada opción de hacer del pueblo su cortijo, una añeja, patriótica y tradicional costumbre que, sin entrar a valorar lo que de bueno o malo dejara en nuestras calles, acabó convirtiéndose en una insoportable exigencia asumida por la población como obligado peaje de una sacramental forma de mandar que, curiosamente, ahora se dice democrática. Otra forma de trasladar al presente el santo y seña de un desagradecido país poblado de visionarios de mira corta tendentes con más facilidad de la deseada a tirar por la calle de en medio cuando -o sea, siempre- cualquiera intenta poner un punto sobre alguna i, no digamos opinar distinto o pretender llevarles la contraria. Estos socialistas de salón volvieron a organizar la pantomima de unas elecciones internas sobre las que luego se ha venido rumoreando más de lo deseable, convirtiendo la transparencia en opacidad, las posturas irreconciliables nuevamente en banderas y el acatamiento obligado como única salida a unos hipotéticos y deseables acuerdos y posturas comunes.

Aunque pueda parecer extraño hay más, si todavía existe lo que comúnmente solía llamarse izquierda por aquí tenemos multitudes, una retahíla de etiquetas y estigmas de pureza que quitan el hipo, a cada cual más justa, recta y democrática, con mejores y más dignas y necesarias propuestas y mayores derechos. Los hay con la marca ya muy descolorida de tanta desunión, también los hay de estreno -los que pueden-, algunos verdes y otros políticamente sin definir, todos exigentes y razonables hasta lo irracional, pero, en cualquier caso, su contemplación nos traslada a la penosa realidad de un páramo salpicado de solitarios, defraudados y tribus varías -a cual más genuina y leal- al parecer todavía incapaces de entender y asumir como punto de partida a la hora de trabajar las hipotéticas virtudes y las enormes trampas del sistema y recuento electoral de este país, a día de hoy inevitables. Pues ni con esas, por este yermo de proyectos en común prima el rasgarse de vestiduras antes que la voluntad y capacidad para ser capaces de sentarse y llegar a cinco puntos de acuerdo, dándose situaciones que no dejarían de ser ridículas o infantiles si antes no fueran simplemente patéticas, mostrando ante una cansada población más limitaciones que virtudes. Incluso la gente que se organizó para defender la propiedad pública del agua, animada por el discutido y discutible éxito de sus propuestas, ha apostado por hacer de su capa un sayo exigiendo trato de iguales, cuando en unas elecciones, por si no lo sabían, priman los beneficios comunes por encima de personalismos o posiciones intratables. Son incapaces de salir del mismo agujero. Pues tendremos lo mismo que hace cuatro años, o sea, nada, luego tal vez eso quiera decir que ninguno tenía mucho que aportar al gobierno de la población. Porque de eso se trata, no de elegir quién será el encargado de portar la vara de mando o de humillarse detrás de la procesión de turno, sino de hacer feliz a la gente hoy y ahora, de dejar un pueblo honrado, limpio y aseado que cada cual pueda disfrutar sin lentes de aumento.

He dejado para el final a unos tipos esperpénticos que, desengañados porque sus compañeros socialistas no los dejaban mandar, organizaron de la noche a la mañana una especie de grupo que luego dio la llave de la Alcaldía a quienes tanto habían suspirado por ella, los antiguos franquistas, apoyo que cantaron públicamente bañándose en una fuente la misma noche de las elecciones. Aquel grupo de resentidos paniaguados consiguió en un principio levantar lo que pretendían una chabola decente, pero nada más lejos, con el paso de los años aquello se convirtió en un corral de garañones ingobernables. Hoy todavía andan de un lado a otro buscando quien quiera darles de comer, sin memoria ni vergüenza, tan lúgubres como cejijuntos.

Esto es lo que por aquí se oye ante estas nuevas elecciones, las variaciones se multiplicarán según el lugar donde uno ponga la oreja y el grado de histeria del demandante, perjudicado o reclamante. Siempre la queja -también los hay que simplemente votan-, nunca la propuesta, siempre la importancia de lo mío, mis derechos, los atropellos, el no me da la gana de tanto pequeño napoleón que no entiende que cuando se habla de política se habla de cuestiones comunes, en este caso de lo que todavía es de todos, nuestro pueblo.

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